Cinco.

Ufff… Cinco años ya. A veces me parece que te fuiste ayer; otras veces te siento tan lejos, que siento que ese 30 de mayo dista una eternidad con el hoy.

No es que te necesite todo el tiempo a mi lado… Sí; tal vez tuve que crecer muy rápido y sea por eso que el sentimiento se haga más fuerte…

No puedo evitar que me hagas falta. Que me digas que todo va a estar bien… O simplemente saber que estás ahí.

Y es que en mi cabeza no hay sino recuerdos… La realidad ni siquiera se parece a lo de antes. Es una casa distinta que ni siquiera conociste; los muebles, la decoración… Tengo tus libros y tu bicicleta… Y los cuadritos que me enmarcaste para que colgara en la pared.

De los libros no he leído ninguno; los cuadritos los miro todos los días. En la bicicleta no he vuelto a montar… Y entonces me quedo recordando un montón de cosas, y soy niña otra vez… Y me devuelvo al preescolar, cuando me llevabas en hombros; el recuerdo es tan nítido… Recuerdo que pasábamos estratégicamente por ese depósito de materiales sólo para que yo tocara algún caballito flaco; me dejabas en el colegio y a mí me encantaba, en la tarde mi mamá pasaba por mí y no era tan divertido porque ella no jugaba conmigo a desorganizar las palabras, y porque cuando traté de enseñarle el juego, no le gustó (jejeje!)… 

Es como una maquinita del tiempo; ya que empecé no puedo parar… Porque se me vienen a la cabeza nuestros domingos… Ir a misa, comprar el periódico y sentarnos en la sala a leer; me pasabas las tiras cómicas y nos sumergíamos los dos en nuestras lecturas, mientras al fondo Carlos Gardel llenaba la sala con esa voz triste que tú alegrabas haciéndole segundas voces… Cada domingo yo te preguntaba por qué comprabas tantos periódicos (El Tiempo, El Colombiano y El Espectador) si en los tres encontrabas las mismas noticias, y cada domingo, con paciencia, me contestabas lo mismo; “para comparar; para comparar…”. Ah… Y el recuerdo bonito de haber crecido otro poquito y escuchar de tu boca esas palabras que me hicieron amarte más; esas palabras que me confesaban que en realidad comprabas periódicos distintos para que yo tuviera más tiras cómicas para leer…

Crecer a tu lado fue lo más bonito. Ir cambiando con el tiempo esas tiras cómicas por “Las mil y una noches”, hablarte de cómo me parecía “El diario de Anna Frank”, contarte detalle a detalle los cuentos de Albert Camus, recordar los caballitos flacos de aquel depósito y compararlos con ese Rocinante de don Quijote… No imagino que nadie tenga una relación más bonita con su papá como la que yo tuve contigo. Me encantaba hablarte de mis libros; me encantaba que me hablaras de los tuyos. Me encantaba que saliéramos a caminar a cualquier parte y que a veces la lluvia nos alcanzara; me encantaba saber que al medio día, al salir de clase, iba a encontrarte en la hemeroteca de la biblioteca leyendo el periódico. Me encantaba sentarme en tus piernas y contarte cómo había estado mi día; me hacía feliz que me besaras la frente y me felicitaras cuando ganaba cualquier examen. Atesoro en mi memoria las tardes en las que jugábamos ‘Ahorcado’ o ‘Arco Rival’; que te levantaras antes de que mi despertador sonara y tuvieras listo mi café para entonces… Que me acompañaras al colegio, aún cuando ya estaba ‘grandecita’ y podía ir perfectamente sola… Nunca te lo dije, papá, pero es algo que siempre valoré y que seguramente jamás olvidaré.

Ya son cinco años sin ti, y aún no se me ha olvidado tu olor; te recuerdo todos los días con las cosas más pequeñas; a veces miro a mi tío y me parece verte a ti… Está ahí siempre la pregunta “¿por qué?”… Y nadie puede responderme… Están ahí los detalles chiquitos… Los guayacanes amarillos, los tangos, los libros, las fotografías…

Eso me queda… Y me quedan los recuerdos. Casi todos alegres, y muchos otros tristes, como cuando ese tumor se quiso apoderar de tu cabecita… Que empezaste a confundir fechas, a callar poquito a poco… A regalarme tu última frase (“cuando salí de Cuba…”) para quedarte en silencio del todo y después irte… Sí, esos recuerdos me quedan. Y me queda saber que nos parecemos mucho; que somos igual de tercos, igual de cansones, que nos gusta el café de la misma forma y que nos enojan las mismas cosas… 

Hoy puedo decirte que te extraño, aunque nadie me asegure que tengas forma de saberlo… Pero, ya que estoy en esas, también te digo que me lleno de orgullo cuando hablo de ti y que te pienso todos los días… Y que los domingos siguen siendo nuestros… Ésos nadie nos los quita. 

Te amo, papá. 

http://www.youtube.com/watch?v=oYxKIqb87TQ 

Y así llegó Abril

Oscurecía despacio. Ella escribía para matar el tiempo. Observaba las calles; sonreía de vez en cuando por cortesía. Había una molesta música de fondo que ella no soportaba. 

Mientras el tiempo pasaba, Él estaba en su cabeza, y, de cierto modo, en su cuerpo… Recordarlo producía en Ella sensaciones extravagantes que la desesperaban y la hacían desearlo con fuerza. Quería estar a su lado, en la comodidad del apartamento de cualquiera de los dos, abrazándolo mientras veían el noticiero sentados en el sofá y suspiraban con resignación al enterarse de las cosas crueles que pasaban afuera o de cómo caía la economía mientras ellos estaban tan tranquilos, Él rodeándola con sus brazos y Ella con su cabeza recostada en el pecho de Él.

Faltaban cinco horas para que su jornada laboral terminara. Cinco horas para mandarlo todo al carajo, salir por esa puerta y tomar un taxi hacia su casa.

No; hoy no lo vería. Él llevaba días evitándola, evadiéndola, escondiéndose quizás. Ella lo extrañaba y se extrañaba al no saber la razón. Sabía que, pronto, cuando menos se lo esperara, iba a escuchar esa frase de tres palabras que marcaba el declive de cualquier situación: “TENEMOS QUE HABLAR”.