Sí, estoy soltera. No, no es una enfermedad.

No elegí estar así, no soy una feminista empedernida que habla de los hombres como si fuesen objetos inútiles e ineptos. Y no, tampoco soy lesbiana. Me gustan los hombres y el sexo me parece maravilloso; y, aunque sea cierto que también me puedo regalar mis propios orgasmos, hace falta muchas veces un ser humano que me ‘ayude’ en esa materia. Y no, tampoco lo estoy diciendo en busca de algún comentario lastimero o algún alma caritativa dispuesta a darme esa ‘ayuda’. Repito; no estoy diciendo esto en busca de esa ayuda. –Toca volverlo a decir; no falta el ofrecido-.

Son circunstancias, ciclos, estados. Como tales, los vivo. Es cierto que tener una relación es de las cosas más bonitas que he llegado a vivir… Es lindo caminar con alguien de la mano, ir a comer helado con él, besarlo en los semáforos, quedarme con él haciendo nada en mi casa, o ir a cine con él -¿para qué decir mentiras? La época en la que tuve novio fue la época en la que más enterada estuve; película que salía en cartelera, película que íbamos a ver-. Es lindo tener al lado un apoyo, hablar por teléfono horas interminables -a pesar de haberlo visto toda la tarde-, tener a quién contarle mi día, verlo despertar a mi lado muchas veces y levantarnos juntos para prepararnos el desayuno. Sí, todo eso es lindo -y una generalización inmensa; pido disculpas… Me baso mayormente en el promedio y en mi experiencia personal-. Todo eso es bonito, aunque hable superficialmente y deje a un lado el aspecto más importante; ése que profundiza en el gran apoyo emocional que supone estar ‘ennoviado’.

Para mí, estar soltera también es genial. Salgo a caminar sola o con alguna amiga, e igual me divierto. No beso a nadie en los semáforos -eso sí que sería espeluznante-; he ido a cine sola, y cuando me quedo en mi casa aprovecho el tiempo -bueno; no siempre- escribiendo, leyendo algún libro o viendo alguna película… El desayuno no ha perdido sazón, les cuento a mis amigas cómo estuvo mi día, y, aunque todos los días despierto sola, despierto contenta sin necesidad de llamar a alguien a decirle que sí, que amanecí viva. –Otra vez estoy generalizando; disculpas-.

Aquí el punto no es venir a decir qué es mejor; si tener novio o estar sola. Ambas cosas tienen su magia. Salgo a la hora que quiero, no tengo que informarle a nadie con quién voy a estar, y tampoco tengo que lidiar con el drama social de si mis amigos querrán al susodicho o no. Al mismo tiempo, a veces extraño ciertas cosas que sólo dan la complicidad de una pareja… -Ah, eso, y el detallito del sexo, jeje.-

Muchos dicen de forma irresponsable que la soltería es el momento perfecto para acostarse con la mitad de la población, porque claro, no tienen al lado a alguien a quién guardarle fidelidad. Y con eso sí que no estoy de acuerdo; es bonito eso de ser libre, pero no es bonito estar dándolo a diestra y siniestra; cada cual es dueño de su cuerpo y con mayor razón es el momento para cuidarse… Con esto no estoy diciendo que soy una completa mojigata, pero, hablando de mi situación personal, no soy amiga de tener ‘One Night Stands’; se me hace imposible conquistar a alguien en un bar, ‘comérmelo’ y despertar con él a mi lado sabiendo que no voy a volver a verlo. Llámenme anticuada –yo cambiaría esa palabra por ‘tradicional’-, pero para mí el sexo es algo bastante importante, y como tal no me lo tomo a la ligera… ¡Pues! Estamos hablando de un momento en el que la otra persona me va a ver completamente desnuda y en el que me voy a desinhibir del todo… ¿Por qué darle ese placer a alguien de quien escasamente conozco el nombre?

Tampoco estoy queriendo decir con eso que vivo mi soltería como una monja… Salgo los fines de semana y me robo una que otra mirada; he besado chicos en las fiestas, me han pedido mi número telefónico y me han invitado a salir después. Y todo eso sin ninguna necesidad de andar buscando pareja u ofreciéndome ante cualquier perdedor, como una desesperada. Porque no; no estoy desesperada.

Vivo tranquila sin pensar por qué no me han llamado, o qué estarán haciendo en lugar de estar conmigo;  me esfuerzo menos a la hora de vestirme y no me preocupo tanto si mi sostén y mis pantys no combinan en absoluto. Son preocupaciones menores; de eso estoy consciente; pero preocupaciones que me volvían medio loquita cuando tenía novio.

Se me hace bastante curioso el afán de muchos de mis amigos de conseguirme pareja. “Tengo un amigo que te encantaría”; o “te la llevarías muy bien con Carlos, el de mi oficina”. Es mi día a día, dicen que quieren verme compartir con alguien de la forma en la que ellos comparten con sus parejas. Y debo confesar que he estado a punto de ceder ante tanta presión. Incluso una vez acepté que una de mis amigas me organizara una cita casi a ciegas con uno de sus amigos. ¿Cuál fue el diagnóstico? Un desastre total. No vuelvo a hacerlo. No, no, no. ¿Con qué necesidad?

Y me dicen que soy exigente. Porque claro, como dice una amiga –y me perdonan la expresión-, “toda mierda tiene su cucarrón”, y por lo mismo sé que habrán en el mundo, como mínimo, dos chicos detrás de mí. ¿Qué hay de malo en ellos? Seguramente nada; están estudiando una carrera, viven con sus papás, probablemente son el orgullo de la casa y unos ciudadanos ejemplares. Y, ¿por qué no acepto estar con alguno de ellos? Sencillamente no me gustan. Y eso yéndome por el lado más sencillo de las cosas… Porque no todo es color de rosa y no siempre van a pretenderme –jajaja, qué palabra tan fea- hombrecitos tan ideales como los que acabé de mencionar. Prepárese, querido lector, porque lo que voy a decir no le va a gustar y probablemente me odie un poco.

Una de mis amigas me dijo una vez que ése es mi problema; que soy demasiado exigente. Me dijo que me paso de superficial, que estoy todo el tiempo diciendo que no tengo un prototipo de hombre –eso es verdad-, y que me contradigo poniendo filtros aparentemente invisibles que ella ha notado… Como la carrera del susodicho, su edad, cuántos libros tiene en la biblioteca, qué cosas tiene en común conmigo y cuáles son esas actividades que realiza en su cotidianidad. Viéndolo de ese modo, cualquiera dirá que soy una bruja plástica, vacía y superficial incapaz de ver lo bueno en los demás y concentrada en un tipo de hombre que tal vez no exista o que se encuentre repartido en varios hombres diferentes; jamás en uno. Y le doy un poquito la razón. No soy bruja, ni plástica, ni vacía –pues, eso espero-; pero si me van a tildar de superficial, acepto el calificativo con la cabeza en alto. Es decir… ¿Qué tiene de malo? Es que no estoy escogiendo unos zapatos para ir a una fiesta; estamos hablando de una compañía afectiva, de alguien a quien voy a darle lo mejor de mí y con quien empezaría a pasar bastante tiempo. ¿Por qué le daría de ese valioso tiempo a alguien que no lo apreciaría de buena forma, o a alguien con quien sé que me aburriría?

Para mí no tiene nada de malo pensar en si tiene un título o no, o, como me dijo mi amiga, en cuántos libros tiene en la biblioteca –detalle que no importa tanto como aquél de si los ha leído o no-. No; no tiene nada de malo. Es que, es decir… ¿Por qué habría de conformarme con alguien que no cumple con esos ‘requisitos’? De todos modos son requisitos pequeños, teniendo en cuenta lo que yo soy –que conste que advertí que me iban a odiar un poco por lo que iba a decir-; estoy estudiando mi segunda carrera y me considero lo suficientemente inteligente como para meterme con alguien que dedique su vida a perderla en alguna actividad sin importancia. Sí, me fijo en la edad. Me fijo en la carrera. Me fijo en sus costumbres y en su nivel intelectual. Y acepto con mucha dignidad que tampoco soy el tipo de mujer de muchos, y que probablemente me han ‘descartado’ –ya parecemos hablando de una entrevista laboral- porque no cumplo con sus estándares… Ya sea que no he estudiado lo suficiente o que me paso de ratón de biblioteca. Ya sea porque me encuentren bastante aburrida o extremadamente ruidosa. O que simplemente no me encuentren lo suficientemente atractiva. ¿Y qué? Cada cual tiene derecho de elegir lo que mejor le convenga; la vida nos mostrará a cada uno si las decisiones tomadas fueron correctas o no.

A lo que voy –estoy divagando mucho; lo siento-: Prefiero quedarme sola antes de conformarme con el primero que aparezca o caer en esa trampita de los amigos y verme forzada a que me presenten a cuanto personaje conocen compatible conmigo, como cualquiera de esas páginas de Internet que encontrarían mi media naranja, al mejor estilo de un Cupido contemporáneo y bastante bizarro.

No tengo afanes; es que apenas tengo veintidós años. Si va a llegar el que es para mí, pues bienvenido; vamos a pasar muy bueno. Si se quiere demorar otro poquito, ¡tranquilo mi amor que yo lo espero! Acá lo importante es sacarle el jugo a cada experiencia, sola o acompañada; yo creo fielmente en que todo pasa por algo y hay momento y lugar para cada cosa. Entonces, por favor… No trate de encontrarme pareja, que estoy bien así; no saque juicios apresurados de lo que soy sin conocerme, no me ponga etiquetas, y, por favor, no me tenga lástima.