Ver y no tocar

Ayer te miraba sin que supieras. Tu imagen se perdía entre la gente; muchos pasaban caminando y me bloqueaban la visual. Pero sabía que ahí estabas, sentado, a unos cuantos metros de mí, en el mismo parque; rodeado de un par de personas más, hablando quién sabe de qué, y riéndote  de vez en cuando. -¡Cómo me gusta tu sonrisa!-.

Yo tenía una cerveza en la mano –Pilsen, para más exactitud-, y hablaba con Carolina. Asentía, le sonreía, y opinaba poco; la verdad es que toda mi concentración estaba contigo. Moría de ganas de escucharte –que sí, que también me gusta mucho tu voz-, de saber qué estabas diciendo; me conformaba con mirarte entre la gente -¡Y la rabia que me daba cuando alguien se atravesaba y yo no podía verte más!-, tratando de memorizarte. Y me aprendí tu sonrisa, y me grabé tus brazos… Y me perdía con el movimiento de tus dedos cuando explicabas cualquier cosa.

Miraba a Carolina, y te miraba a ti. Ni Carolina ni tú podían saber que te estaba mirando; si girabas tu cabeza hacia la derecha, yo corría peligro de ser descubierta y me veía obligada a mirar hacia otra parte; era una adrenalina graciosa que resultaba de un juego silencioso del que nadie tenía idea. Me sentía como espiándote, entrando sin permiso a tu realidad.

Era como si mirara una obra de teatro prohibida y los demás actores fueran tan sólo extras. Me bastaba con mirarte a ti para saber qué quería. Sí, yo quería estar sentada ahí, a tu lado, recostar mi cabeza en tu hombro y enredar mis dedos en los tuyos. O simplemente escuchar directamente en mi oído eso que tenías por decir. Lamentablemente yo no estaba en esa obra de teatro, y no podía eliminar al resto de extras. Me bastaba con mirarte sin que te dieras cuenta, y a la vez maldecía al destino por habernos hecho coincidir en el mismo parque eliminando toda posibilidad de satisfacer alguno de mis deseos.

“Ver y no tocar”… Y lo mucho que he odiado esa frasecita desde pequeña. Porque por culpa de esa frase, yo no pude regresar contigo a casa… Y, por culpa de esa misma frase, me toca resignarme a que no voy a poder besarte en el ascensor, ni morderte los labios despacio, ni mirarte a los ojos durante ratos interminables. Me temo que tampoco vamos a poder acostarnos en el césped los domingos a dibujar con las nubes, ni veremos películas juntos  -aunque las repitamos-. Qué lástima… Yo quería que cocináramos mientras sonaba tu canción favorita de Los Beatles, y leer algún libro de Julio Verne para saber por qué lo encuentras tan interesante… Y no; tampoco podré cuidarte cuando te enfermes, abrazarte cuando estés triste, o acompañarte cuando estés contento. O por lo menos no de la forma en la que me gustaría.

Ahhh… Fue una linda obra de teatro. Lamento haberme perdido el final; cuando se me acabó la cerveza, fui por más, y al regresar no te vi; ya habían bajado el telón.

Iniciativa

Monocromática a veces. Polifónica siempre.

No me cortes las alas… Por favor no me mutiles así.

¿Por qué tiene que bastarme con escuchar tu voz?

Iniciativa o factor sorpresa…

¿Y por qué me da miedo?

Claramente estoy jugando con fuego.

No quiero verme enredada después en una telaraña imposible.

No quiero que un segundo pase a ser una eternidad.

Bueno, eso no importa…

Lo que no quiero es que la espera me mate lentamente.

Me gustas cuando lees porque arrugas la frente.

Me gustas monocromático porque te imagino los colores.

Me gusta que me hagas preguntas, desde que no sea la de siempre (“¿Por qué?”).

Me desgasto con palabras.

Vomito letras en una servilleta.

Imagino escenarios peligrosos que nunca nos conocerán.

Tan típico de mí… Desear eso que no puedo tener.

Merezco más; eso claro lo tengo.

Siempre quiero más…

Más que costumbre, se me convirtió en tormento.

Y que duele saber que nunca seré tu musa.

Que no importa cuánto me digas;

No será tan hermoso, tan sincero o tan sentido.

No estoy pensando. No quiero cederle espacio a la razón.

Y tal vez sea peor; las sensaciones hacen conmigo lo que quieren…

Y, sin darme cuenta, estaré metida en tu universo,

Probando un poquito de tu cosmos,

Drogada con tu atmósfera,

Enceguecida con esos colores con los que te pinté cuando aún estabas a blanco y negro.

Por ahora lo disfruto;

¿Qué pasará cuando se convierta en náusea?

Te vomitaré despacio y dolerá…

Tal vez no se me pase del todo…

No contemplo la palabra “olvido”.

No contemplo la palabra “enojo”.

¿”Recuerdo”? ¿”Cariño”?

Tal vez un mal paso…

Dime tú. Ah… Menudo lío.

Martes 22

Ayer todo fue difícil de asimilar. Tenía algo por dentro que no me dejaba sonreír, que me ataba con fuerza a una tristeza que no entendía. Y si yo no la entendía, menos podía esperar que él lo hiciera.

Me miró dos veces en medio de sus ocupaciones. Yo ni siquiera le devolví la mirada. Tenía miedo de ponerme a llorar delante de él, tenía miedo de que descubriera que me muero por dentro mientras él está cerca pero lejos de mí.

Más tarde, me dijo que podía llevarme en su carro hasta alguna parte. Sí, hasta la misma parte de siempre; ese sitio que nos separaba, en el que él tomaba camino hasta su casa y yo caminaba un par de cuadras hasta el paradero de buses más cercano. Acepté. Más tarde me arrepentiría de eso.

El camino fue silencioso… Parecía más un carro fúnebre –y no es una metáfora; ya he viajado en un carro fúnebre antes-. No me hablaba. Ni siquiera me miraba. Yo trataba de distraerme observando las gotitas de agua resbalarse por la ventana… Lo que fuera con tal de no permitirle que me viera llorando.

Y no… Jamás me habló. Media hora de camino –parecía más tiempo- y jamás me dirigió la palabra. Extrañé los días en los que me tomaba de la mano y me miraba a los ojos. Extrañé esos momentos en los que su mano derecha se quedaba en mi pierna izquierda. Extrañé sus sonrisas. Lo extrañé mucho a él.

Al llegar a mi destino, ni siquiera fui capaz de mirarlo a los ojos. Dije “adiós” y me bajé del carro lo más rápido que pude. Corrí hacia la esquina y doblé a la izquierda –jamás lo hago; siempre espero el cambio del semáforo y sigo derecho-. Me dirigí al paradero violando cualquier norma peatonal, cruzando por la mitad de la calle. Esperé. Esperé. Esperé. Mi bus jamás pasó. Pude tomar cualquier otro que me dejara cerca… Pero no quise. Las lágrimas me desenfocaban el camino; la gente me miraba como a un bicho raro. Y yo lloraba… Y caminaba. Y recordaba. Y me lamentaba. “Ya debió llegar a la casa”. “Debe estar comiendo algo”. “Probablemente está hablando por teléfono”. Y sí… Tan idiota, pensando en él, mientras las lágrimas me llenaban la cara de un agua amarga, mezclándose con la lluvia de turno, buscando desahogarme, pero ahogándome más.

Y así llegué a mi casa. Y no había rastro de él. Hasta hoy no sé nada. Seguramente me odia por algo a lo que ni siquiera yo le encuentro explicación. Seguramente tampoco me felicitará por mi cumpleaños.

!

Una vez más estaba de pie frente a él. ¿Qué era lo que él tenía que la ponía nerviosa? Abrió la puerta que los separaba, le dirigió una sonrisa y lo abrazó.

Él le también le sonrió con todo su rostro. La miró con sus ojos claros, seduciendo hasta el más escondido de sus poros.

¿Qué seguía? ¿Comenzar a protagonizar una historia digna de Hollywood? ¿Presenciar cualquier escena típica en la telenovela de las 9:00?

Sí; algo así. O por lo menos al principio. Ella le ofreció algo de tomar sin quitarle la mirada de encima. Él apartó los cojines del sofá y miró con especial atención cada movimiento de ella mientras sacaba hielo y servía dos vasos de lo que parecía té. No le gustaba del todo la idea de tomar té, pero habría sido muy descortés de su parte rechazarle el detalle.

Ella dirigía su mirada a los ojos de él. Examinaba su respiración levemente agitada, sus manos temblorosas e inquietas. Sí; definitivamente estaba nervioso como ella. Y ambos lo disimulaban -él con menos éxito que ella- con una amplia sonrisa.

Ya no podía retrasarlo más. Ella se sentó a su lado y le sonrió de nuevo. Pudo notar de cerca su nerviosismo, y eso la ponía ansiosa. Lo abrazó para eliminar la tensión. Él la besó despacio, pasando sus manos por el cabello de ella, su espalda, sus mejillas…

El momento era perfecto. Sus labios estaban perfectamente coordinados. Ella pensó que podría pasar toda su vida besándolo en silencio.

Entonces, él separó su cara de la de ella y abrió la boca para preguntar:

-¿Te pago ya, o cuando acabemos?