Nos vemos abajo.

Esta mañana desperté y no tenía su mensajito de buenos días en mi bandeja de entrada. Pensé que probablemente estaba enojado conmigo. Pfff; no importaba. El café me seguía sabiendo rico, con o sin su mensaje.

Me lo tomé despacio, mirando las montañas a través de la ventana de la cocina. ¡Qué linda es mi ciudad! Y qué tonto Juan al pasarse de casa, dizque por el calor… Cambiando semejante paisaje por la vista de una insípida carretera y un par de edificios simplones… Pero bueno, dicen por ahí que la vida está hecha de malas decisiones… Y que ésas son las que crean buenas historias.

El sol me daba en la cara y me hacía cerrar los ojos. Pensé en lo mucho que me habría gustado despertar a su lado, en su carita somnolienta y el cabello todo despeinado… Y entonces todos los recuerdos de la noche anterior empezaron a pasar por mi cabeza como bengalas.

Su miradita curiosa y tranquila, sus manos en mi cintura… Su forma tierna y particular de besarme y de atraerme hacia sí, como si no quisiera dejarme ir… Varias cajas aún sin abrir regadas por todo el apartamento, el televisor prendido, sintonizando algún ‘programa ñoñito’, la luz apagada… Otra casa, otro cuarto… Incluso otra cama, más grande que la que tenía en el otro apartamento, esperándonos.

Lo besé como si fuera la primera vez que lo besaba, y al mismo tiempo con el temor escondido de que fuera la última. Volví a meter mis dedos en su pelo –creo que he dicho miles de veces cuánto me gusta hacerlo- y a sentirlo encima de mí, pasando mis manos por su espalda, por su nalguita; sintiendo sus costillitas y luego su cuello, para meter otra vez mis dedos en su pelo y volver a empezar.

Le dije al oído muchas veces cuánto me gustaba; escuché otras cuantas que él también lo estaba disfrutando y me estremecí al sentir su aliento en mis oídos y su lengua bajando por mi cuello.

Atesoro en mi cabeza los momentos posteriores, las conversaciones fuera de lugar. Hablar de películas o de pecados capitales; desmenuzar palabras extrañas mientras mis pezones miran hacia el techo y mis ojos se clavan en sus labios. Que su mano descanse en mi abdomen mientras me describe cualquier situación, hasta que su boca se cansa de hablar y empieza a besarme, despertando mi cuerpo de a poquitos y haciéndome suplicar por el suyo.

Ayer no fue distinto… Pero una llamada nos interrumpió. Odié que existieran los teléfonos. Odié que me dejara para ir a responder. Odié saber que ésas no eran horas para estar llamando a alguien –me vale huevo si era viernes-, y, más aún, que las paredes de su nuevo apartamento no estuvieran hechas a prueba de sonidos.

No fui capaz de disimular mi incomodidad, y, cuando él regresó, la notó. –Que quede constancia de que eso también lo odié-. Traté de volver a la ‘normalidad’ jugando a que lo asfixiaba con la almohada, él fingió miedo como siempre y no seguimos jugando -¿Lo fingió? ¿Tendría yo en ese momento cara de psicópata?-, seguimos hablando de cualquier cosa –yo quedaba ahora como una asesina de momentos por mi cambio de ánimo- y me dijo en broma que, justo después de que yo me fuera, iba a embriagarse y a tirarse por el balcón de su apartamento nuevo.

Prácticamente le hice barra; lo alenté para que lo hiciera. Que tuviera cuidado en la forma de lanzarse para que no quedara vivo; para que fuera de todo, menos una pataleta.

“¿Me pide un taxi, por favor?”, le dije y le dí un besito en la frente.

Esta mañana, antes de terminarme mi café, prendí el televisor. Un canal local hablaba de alguien que se había quitado la vida lanzándose de un undécimo piso. “Hay gente muy loca, definitivamente”, pensé. Momento… Ése es el edificio de Juan. Momento… Ése es Juan.

Un par de lagrimitas débiles e incrédulas se mezclaron con mi café. Sí, el sabor había cambiado; estaba amargo. Quizás por eso a Juan no le gustaba.

Nota:
*Ningún Juan fue maltratado para la creación de este cuento.

*Hora13 se transmitió normalmente, pero no habló de ningún suicidio. Tristemente, las noticias ese día las protagonizaron los quemados con pólvora.

El Hilo

Llegaba en un taxi a su edificio. El taxista me cobró quinientos pesos menos de lo que costaba la carrera. Lo tomé como su bendición, como si me dijera con ese gesto que lo que yo estaba haciendo era correcto, o justo y necesario. Aunque también pudo ser la señal de que yo ya estaba condenada desde hacía tiempo, que podría perdonarme esos quinientos pesos para alivianar la carga de consecuencias y remordimientos que vendrían después.

Y el portero me anunció. Mis piernas temblaron. Ya no había tiempo de retocar cosas con maquillaje, de revisar cómo estaba mi ropa. Lo que fue, fue.

Una eternidad. Así podría catalogar esos veinte pisos que el ascensor subió hasta su apartamento. Me miré en el reflejo. Más despeinada que siempre, con la mirada cansada pero ansiosa. Y el ascensor llegó.

No toqué el timbre; asumí que estaba detrás de la puerta, con un ojo clavado en la mirilla esperando el momento de abrir. Y miré fijamente, y la puerta se abrió. Y una cabecita flotante apareció a un costado y saludó. Era él, con su sonrisa encantadora y su camisa de cuadros; descalzo… Y, al frente, yo, hecha un manojo de ansiedad, perturbando su comodidad –ojalá para bien-.

Me invitó a pasar y nos sentamos en el sofá de la sala. Estaba viendo algún programa en History Channel… Y el detalle no pudo derretirme más. Hablamos un poco de la noche. De qué hicimos antes de que la tierra girara y conspirara para que estuviéramos sentados en el mismo sofá.

Puso su mano en mi pierna y enredé mis dedos en ella. Se quedó mirando mi mano durante algunos segundos, y notó una cursi manillita que descansaba en mi muñeca desde hacía un par de horas. Sonrió burlón. “¿Te la dio un hippie?”, me preguntó. “Peor… ¡Un punkero!”, respondí, alimentando la broma. “¿Y le pediste el deseo?” dijo, mirándome a los ojos, mofándose de esa tradición extraña que nadie sabe de dónde viene; esa en la que un artesano cambia ese pedacito de hilo por alguna moneda y le dice a uno que pida un deseo sexual o espiritual, pero no material, y que, si uno lo pide con fe mientras él la amarra en la muñeca, seguramente algún día se cumpla.

“No se burle… Mire que se me está cumpliendo”.

Y, efectivamente, era cierto. No recuerdo las palabras precisas con las que formulé el deseo en mi cabeza, pero tenían que ver con él, completamente. Pedí verlo, pedí besarlo… Pedí morderlo. Y ya llevábamos el primer paso. ¿La manillita? ¿El azar? ¿La voluntad? Me vale huevo si fue el cosmos, si fue el destino, o si fue tan normal como cuando uno saca la basura… Se me estaba cumpliendo, y era todo lo que me importaba.

Nos fuimos acercando despacio, sin quitarnos la mirada de los ojos. Y entonces lo sentí… Su lengua empezó a recorrer mi boca por primera vez, humedeciendo mis labios despacio. Lo mordí con cariño y deseo; pude por fin meter mis dedos entre su pelo, tocar sus mejillas y recostarme en su pecho, sentir que el momento era real y tangible, respirar –aunque agitadamente- y saber que de verdad lo estaba viviendo…

Quería comérmelo a besos, literalmente. No tenía ganas de hablar –y con todas las veces que me preguntó qué decía exactamente mi deseo-; quería quedarme ahí, todo el tiempo que fuera posible, aprendiéndome su boca de memoria así como me sé su sonrisa; mordiéndolo despacito, embolatando mis dedos en su pelo, disfrutando el momento el doble, como si no fuera a repetirse nunca más.

Estaba mal, pero, ¡se sentía tan bien! Me dí permiso de ser egoísta; de pensar en lo que quería, aunque después me volviera mierda por dentro, como es lo usual. ¿Cuántas veces lo imaginé? ¿Cuántas veces reproduje la misma escena en mi cabeza?

Ahí lo tenía al frente; lo demás no existía. Éramos él y yo, y mi manillita. Gracias, punkero.

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Naturaleza Muerta

Conozco a los de su especie.

Callados, aparentemente inofensivos, pero con un latente salvajismo que sale a flote cuando más les conviene. Inteligentes, atentos, incluso tiernos. Dueños de una estabilidad envidiable; lo tienen todo, pero quieren más.

Adictos quizás a las palabras de otras, al deseo de otras, a las sensaciones de otras. No les basta con lo que tienen; quizás tampoco les basta con lo que son. Tienen la habilidad de esquivar preguntas importantes proponiendo otros temas de conversación, y les gusta escuchar cumplidos constantemente, como reafirmación a su desmedida virilidad.

Hay evidencias de que se movilizan en una manada reducida; sin embargo, prefieren atacar solos y luego presumir de sus presas ante otro macho de su misma especie.

Su hora favorita para cazar es el amanecer; y, justo cuando dicha presa ha caído en sus garras, deciden que no es un buen momento y la desechan sin escrúpulos.

Generalmente son bonitos y lo saben; sin embargo, aman escucharlo de otras bocas y se visten de una falsa modestia cada vez que hablan con alguien. Les gusta la cerveza fría, y, aunque su hábitat son los parques, se sienten más cómodos en su propia madriguera. No les gusta hablar por teléfono, pero el Internet ocupa una parte importante de sus vidas. Tienen buena ortografía, les gusta que los consientan y cambian de ánimo con facilidad. Quieren todo a su manera, despiertan deseo sin complicaciones pero no hacen  nada para satisfacer a otros, quizás por miedo –dato a confirmar-.

Sensibles, pero desalmados. Así son los de su especie. ¿Por qué lo sé? Porque soy su presa.