Reminiscencia

Déjame contarte los parpadeos
Aunque no importen;
Aunque no marquen la diferencia.
La velocidad cambia ‘en un abrir y cerrar de ojos’,
Mientras mi cuerpo al tuyo se acerca…
Mientras memorizo tu esencia.
Déjame contarte los suspiros –los gemidos-;
Respírame al oído.
Sé mío… Sólo por esta noche, sé mío.
Déjame contarte los dedos
Aunque me los sepa de memoria,
Aunque los haya tenido dentro mío.
Déjame contarte los lunares,
Los que se parecen a los míos.
Esos que, son tan tuyos, que envidio.
Déjame los beso despacito.
Sé mío… Sólo por esta noche, sé mío.

Qué pena con usted

Antes de molestarse por haber hablado de él, por haberlo bautizado “Juan” en mi cuento, incluso antes de molestarse por haberlo hecho lanzar al vacío desde el balcón para que muriera con algún trauma craneoencefálico, a Juan* no le gustó que hubiera hablado de la vista de su apartamento como –cito- “la vista de una insípida carretera y un par de edificios simplones”.

Y luego preguntó quién podría haber leído todo eso que escribí.

Pues, a ver, queridísimo Juan*: de poder, mucha gente… De ahí a que esa gente se tome el tiempo… Eso sí que es improbable.

¿Y que por qué le puse Juan*? Pues, sencillo… Es el nombre más común de esta villa. La falta de creatividad de muchos papás antioqueños es tal vez la misma que me acompaña a la hora de ponerles nombre a mis personajes… ¡Y ni hablar de los títulos! Ea… Eso es, para mí, lo más difícil.

“Mi vista no es insípida; es que usted no salió al balcón”. Bueno, querido Juan*; ese otro día que volví a su casa, descubrí con agradable sorpresa que usted seguía vivo y que mis letras no provocaron su inminente suicidio –ay, me acordé de ‘Stranger than Fiction’-; que su apartamento estaba esta vez más organizado y que por fin había puesto las cortinas. “Vamos pues al balcón”; le pedí, y usted, todo amable, me tomó de la mano y me llevó.

Y, efectivamente, Juan*, tiene usted una vista envidiable. Lamento mucho haber dicho que sólo se veían una carretera y un par de edificios simplones; es que, perdóneme, pero es lo único que alcancé a ver cuando me metí en su cama.

Estando en el balcón, esperé un punto de giro bien emocionante –para usted, claro- y me preparé para ser empujada y caer al parqueadero, viendo mi vida pasar durante mi caída libre por esos once pisos, encontrándome de frente –literalmente- con un final muy trágico y sangriento. Usted habría dicho después que yo me tiré de pura culpa; ¿quién iba a saber la verdad? Nadie… Usted parece ser un buen ciudadano, ¿como por qué habría de matar a alguien? Ah… La ironía hecha realidad… Habría sido muy emocionante, ¿no le parece? Lo triste es que sería a usted a quien le tocaría escribir mi historia –tranquilo; si me bautizaba “Ana” en su cuento, yo no me habría molestado-, y yo, desde el más allá, quién sabe si habría podido leerla.

 

 

*El nombre del personaje ha sido cambiado para proteger su identidad.