La culpa es suya

“¿Es esto lo que está buscando?”, me preguntó, con mi frasco de pastillas en la mano. Yo estaba buscando eso y algo más. Con el cajón abierto y la alcoba desordenada, y el susurro repetitivo en la boca –“sé que están por aquí; yo las dejé por aquí…”-, buscaba más que un frasco de pastillas. Buscaba fuerzas para hacerlo. Buscaba una valentía que se me había escapado hacía mucho tiempo… Necesitaba el valor para quitarme la vida. –Y dicen que los suicidas somos unos cobardes. Y dicen que la muerte es la salida más fácil… Bah; no tienen ni idea-.

Asentí, esperando de su parte un grito fuerte  y desgarrador… Como una niñita que hizo algo malo y sabe que la van a regañar. Pero no. No gritó. Me entregó el frasco. “Haga lo que quiera… Pero no lo haga delante de mí”, dijo y se fue.

Me senté a llorar en una esquina de mi cama. El frasco resbaló de mis manos y cayó en la alfombra. Simplemente no pude hacerlo.