Recuerdo de mi Papá

Hoy desperté con su recuerdo alborotado. Había un evento en especial. Y vengo a escribirlo porque no quiero que se me olvide nunca. 

Llevaba varios días hospitalizado. Fueron días en los que esperábamos por la operación en la que le sacarían uno de los dos tumores que tenía en el cerebro. Me gustaba cuidarlo; quedarme con él. Sobre todo en las tardes, que era cuando más podíamos conversar. 
 
Ya su cabecita no funcionaba como antes; confundía fechas, nombres, números de teléfono. Discutía cuando se le corregía (“¡Que no! Que hoy es cuatro de septiembre del 95!”), pero no perdía nunca su buen sentido del humor.
 
Me aburría cuando se quedaba dormido -siempre pensé que los hospitales son casi tan deprimentes como los cementerios-; entonces sacaba algún libro y le velaba el sueño mientras tanto.
 
-Papi, voy para la biblioteca. ¿Algún libro que quieras que te traiga?
 
Y me dio un título y un autor.
 
Mientras mi hermana mayor le daba el almuerzo en ese rato que podía estar fuera de la oficina para estar con él, salí a la biblioteca a sacar un libro para mí y uno para mi papá -el que me había pedido-. Lo busqué en el sistema, y estaba prestado. Y, para mi sorpresa, era un libro infantil.
 
Hoy lamento no habérselo reservado; en lugar de eso, busqué alguno que pensé que le gustaría, y se lo llevé.
 
Vi su carita de tristeza cuando leyó el título y vio que no era el que me había pedido. Le expliqué que alguien lo había sacado primero; que luego iría por él. Que, en cambio, le había llevado otro. Trató de disimular su expresión de decepción, y empezó a leer con calma el que le entregué. 
 
Nunca pasó del primer párrafo. Siempre se interrumpía para decirme algo. Yo le contestaba con paciencia, y él volvía a su lectura. No la reanudaba. Empezaba una y otra vez.
 
Lamenté no haber podido llevarle el libro que él quería. Me sigue enterneciendo saber que era un libro infantil… Lamento más no habérselo llevado después; lamento no saber por qué justamente ese… Y lamento no recordar el título. 
 
Mmmm…

El día después

Se miró al espejo. Estaba inmunda. Los ojos rojos y pequeños; los párpados hinchados, las mejillas mojadísimas de tanto llorar.

Se veía horrible llorando; lo sabía. Su cara se ponía colorada, arrugaba la frente en pliegues innumerables, y una mueca terrorífica empezaba a formarse despacio. La imagen era espantosa, de verdad. Y el gemidito… Peor todavía. Sí, se veía horrible cuando lloraba… Aún así, no era capaz de parar. 

¿Por qué se sentía tan mal? Odiaba su falta de voluntad. Odiaba saber que ya no era dueña de sí misma; que había pasado a pertenecer a las circunstancias. Odiaba querer muchísimas cosas y no poder tener ninguna de ellas.

Odiaba quererlo a él. 

¡Puaj!

2009

¿Qué hacía montada en esa moto? Yo me había prometido que no iba a volver a verlo. Incluso lo había dicho en voz alta, para darle más validez a mi promesa. Y ahí estaba, viendo casas y paisajes pasar a mi lado, tomando con mis manos la cintura del hombre que una vez me quitó la virginidad. (¿Fui muy burda? Lo siento. El momento también lo fue.)

Y esta vez no íbamos para su casa. Esta vez me llevaba por otras calles que apenas reconocía. Empezaba a llover poco a poco; él acariciaba mi mano con cariño, como queriéndome decir que faltaba poco para llegar. Y, después de girar varias veces a la izquierda, estando frente a un hotel de mala muerte (bueno, probablemente estoy exagerando), me dijo que habíamos llegado y me ayudó a bajar de la moto.

Yo estaba sorprendida pero no del todo. Él tenía la rebeldía de un niño; siempre decía que se iba a ir de la casa de sus papás y resultaba alquilando cualquier apartamento –la dicha le duraba un par de meses y volvía a casa-, viviendo con alguno de sus amigos, o pagando un cuarto sencillo… Como en esta ocasión.

Miré a mi alrededor. No sabía en dónde me encontraba. Traté de reconocer las calles, tal vez las personas… Sin éxito. Él me sacó de mi letargo tomándome de la mano e invitándome a entrar.

Todo parecía común y corriente, como una de esas casas grandes y antiguas de los pueblos. Una sala de estar sencilla. Y, al fondo, después de pasar por unas cuantas habitaciones, unas escaleras que llevaban a su cuarto, estrecho, pasado de sencillo, con una cama doble, una mesita de noche, un baño y un escritorio.

Me invitó a sentarme en la cama. Me miró a los ojos por un rato y rompió el silencio: “Es sencillo. Tal vez no es el tipo de espacio al que estás acostumbrada… Pero es cómodo”.

¿Cómo sabía él a qué tipo de espacios estoy yo acostumbrada? Nunca se tomó el tiempo de conocerme, o de preguntarme  cómo estuvo mi día. Quise quejarme de ese minúsculo comentario, pero me contuve. No valía la pena. Además, estaban tocando la puerta.

Él abrió. Alguien le preguntó algo en voz baja y él respondió “no tengo”, y cerró la puerta. Claro, ahora era todo un drug dealer. Después de todo no estaba tan limpio, como me había dicho la última vez en sus esfuerzos por tenerme de vuelta.

Me lanzó una mirada de complicidad y sonrió. Se sentó a mi lado y comenzó a besarme. Me sentí incómoda… Yo no quería besarlo. Tocaron a la puerta otra vez. “Debe ser otro maldito drogodependiente”, pensé. Y no me equivoqué. Esta vez eran tres niñas de unos catorce años preguntando por hache. Él las invitó a entrar. Se sentaron a mi lado y me preguntaron con curiosidad qué había venido a comprar yo. ¡¿Qué tal?! Dizque comprando droga… ¡Y a él! No, gracias… Y ahora él, contestando por mí: “es mi polla, pero a ella la dejamos por fuera del negocio”. Ellas se rieron, y él les guiñó el ojo. Claro; en su pequeño teatro yo era su noviecita. Lo miré de arriba abajo y volví a preguntarme qué hacía yo ahí, sobre todo cuando me había prometido que no volvería. Entonces sentí sus labios sobre los míos, y, llena de asco, me desperté.