Uno

-Cuídate mucho-. Fue lo último que me dijo cuando me bajé del carro y cerré la puerta. No miré hacia atrás. Seguramente él tampoco lo hizo. Mientras yo empezaba a bajar por toda la 10, sentía que su carro se perdía entre los demás, rumbo hacia el Sur, por esas calles que yo bien reconocía.

Una lágrima… Dos. Mis manos se dirigían rápido hacia mi cara para secar las mejillas. No… No llore. No tiene permiso. ¿No ve que estamos en la calle?

Tenía antojo de pizza Napolitana. Pedí una para llevar. ¿No habría sido mejor bajar hasta el supermercado y comprar de una vez un litro de helado de chocolate? Te conozco mosco…

Pues sí, habría sido mejor. Y tragármelo completo, tan dulce, mezclándolo con esas lágrimas amargas que bajaban despacio. Y prender el televisor. Pasar canales hasta dar con uno de esos en los que pasan películas rosa –uy, El Diario de Bridget Jones sería perfecto-… Y armarme con mi pijama de corazones y ese saco de abuela que me quedaba tan grande pero que me daba tanto calor.

Sin embargo, estamos hablando de cosas que queremos perfectas y que simplemente no lo son. El principio lo dejó un poco claro, ¿no? Por eso Julián se despedía y me decía que me cuidara, y por eso yo bajaba llorando por toda la 10 como una Magdalena, o algo así.

¿En qué iba? Ah, verdad, la pizza. No compré helado porque no tenía nevera. Mi apartamento aún estaba lo suficientemente vacío como para que la sensación de soledad se acrecentara con mayor fuerza. No había comprado tampoco mi paquete de televisión por cable, y por lo mismo tampoco podía sumergirme en mi cama a ver películas rosa.

¿Cuál fue mi plan B? Comprar esa pizza Napolitana de la que tenía antojo varios días atrás. Y, si a alguien le interesa el detalle, la pizza no estaba tan rica.

En el bus otro par de lágrimas quisieron salir. La señora que estaba sentada a mi lado me miró con lástima y curiosidad. Quise llegar rápido a mi destino, correr hacia mi casa, no mirar a nadie, encerrarme, ponerme la pijama –esa sí estaba bien dobladita en mi clóset-, tragarme esa pizza antes de que se enfriara, no contestar el celular –claro, como si alguien fuera a llamarme… Como si Julián fuera a llamarme…-, no hablar con nadie. Y llorar… Llorar… Llorar mucho.

No era tan trágico, la verdad. Pero quienes me conocen, saben que soy bastante sensible y que lloro por todo. Varias veces me he sorprendido llorando mientras veo el noticiero. Les cuento esto porque estamos en confianza… No le cuenten a nadie, por favor. El detalle me da un poco de vergüenza.

Quién sabe si volveríamos a hablar alguna vez. Yo había sido muy clara con todo eso que le había dicho, y él había sido muy enfático con eso de que lo más sensato definitivamente era alejarnos. Para él no era difícil, y seguramente ni siquiera importaba. En su vida fui un polvo. Él, en cambio, en mi vida, fue mucho más que eso.

Continuará. Pues, sólo si le gustó el pedacito que acabó de leer.

1102

El ascensor subió once pisos y a mí me parecieron una eternidad. Sabía que ya estaba esperándome, que no tenía que timbrar; que estaba quizás detrás de la puerta listo para abrirme cuando yo llegara.

Entré al apartamento, despacio y en silencio. No se necesitaban palabras. Me abrazó, y sentí su olor. Pasé mis dedos por su espalda, buscando deshacerme de su camiseta, sintiendo su respiración en mi cuello. Me encanta tocar su espalda desnuda; besarlo mientras mis manos bajan y buscan esa nalguita que tanto me gusta. Cogerla duro; pellizcarla.

Sentía con gusto cómo su lengua entraba y salía de mi boca; mi cuello se llenaba de su saliva; mis mejillas eran mordidas por sus dientes. Mis dedos, a su vez, se deleitaban paseando por su pecho, bajando por su abdomen, desabotonando despacio ese pantalón que me separaba de su piel; meter mi mano derecha en su ropa interior y sentirlo tan duro frente a mí…

Mi camiseta salió volando; su lengua jamás paró de acariciarme. Me quitó el sostén con torpeza, haciendo que mis senos blancos salieran al aire y reconocieran sus manos… Su lengua bajó despacio por mis clavículas hasta llegar a mi pecho y jugar con mis senos también. Buscó comodidad arrodillándose en el suelo, y, sin parar de besar mis pezones, ahora duros y erectos, desabotonó mi pantalón que cayó al piso; cogió mis nalgas con ambas manos y bajó mis tangas con rapidez.

Me tomó de la mano, y, ya desnudos, caminamos juntos hacia el cuarto. Me tiró a la cama con fuerza, casi violentamente, me agarró de las muñecas y siguió besándome como al principio. Abrí mis piernas; lo rodeé con ellas y sentí cómo su sexo acariciaba el mío. Su cabello caía sobre mi cara; yo liberaba mis manos de las suyas para coger de nuevo esa nalguita que tanto me gusta. Quería tenerlo dentro de mí. Mi cuerpo lo pedía, lo deseaba, lo necesitaba. Él lo sabía y se jactaba de eso; me respiraba al oído, me halaba el pelo con fuerza, me mordía; me decía que era su puta, que quería comerme enterita.

Decidí que sería yo quien me lo comería enterito. Me deshice del peso de su cuerpo sobre el mío y lo rodeé con mis piernas desde arriba. Me gustaba verlo, debajo de mí, con sus ojos curiosos y ansiosos; me gustaba sentir cómo me pegaba palmadas en mis nalgas. Primero suave, después duro. Y entonces cogí su sexo entre mis manos y me lo metí despacio, concentrándome en lo que estaba sintiendo; volviéndome una sola con él.

Me encanta cómo entra, cómo sale. Me gusta recorrerlo completo con mi lengua; hacer que me toque la garganta. Quiero aprender a hacerlo… Que sea tan perfecto que lo quiera siempre, que lo desee en momentos inoportunos, que lo piense todo el tiempo; que lo imagine de mil formas… ¡Quiero aprender a hacérselo! Que le guste tanto, que tenga que morderse los labios para no gritar… Que le guste tanto, que no se aguante y se venga en mi boca; que me llene la cara de él. Que sea tan bueno que quiera repetir siempre… Que cada vez que se venga no quiera que yo me vaya.

Querido diario

No me acostumbro. Pensé que, después de tanto tiempo, las cosas iban a cambiar un poco. Que iba a ver más allá; que le iba a importar un poco siquiera.

Seguramente se levantó como todos los días, se bañó, se vistió, y se fue para la universidad. Un montón de cosas llenaron su cabeza; que tengo que hacer esto, que no se me puede olvidar esto otro; que voy a llegar tarde. Que qué maldito taco a esta hora.

Yo quería dormir. Apagué incluso mi celular para que nadie pudiera despertarme. Quería dormir mucho, mucho; días enteros; no despertarme en mucho tiempo. Sólo durmiendo estoy en paz -aunque él se me aparezca a veces en sueños y lo altere todo-; sólo durmiendo.

Despertar hoy fue un desubique… No reconozco ni mis cobijas. Es un mundo ajeno a mí. Ahí estoy, pero no me encuentro. ¿Será que él entiende eso? Ah… No importa. Ni siquiera yo lo entiendo. Y qué bobada desgastarme explicando, si es que lo entendiera -STOP. Divago-.

El café está listo. Las noticias en mi bandeja de entrada, tan aburridas todas -soy una inculta que no quiere leer lo que pasó con el sector minero-. Abro la última conversación. Ya leyó lo que le dije ayer, y me dijo que soy una ofensiva. Y no; cuando se lo dije no fui grosera. Lloraba desilusionada. Él debería saber que nunca he querido ofenderlo en lo más mínimo.

Si se pusiera por un momento en mi lugar, si viera todo desde mi perspectiva, lo entendería.

Que me sentí como una rubia vacía. Duele ver que claramente lo único que le interesa de mí es mi sexo. ¿Lo hago bueno? Halagador. Pero… ¿Soy tan bruta? ¿Soy tan aburrida? ¿Soy tan poco interesante?

Bruta o aburrida, al parecer no importa; para él soy grosera y ofensiva solamente porque le digo que me duele que me busque sólo para eso. Resulta entonces que soy la mala del cuento porque quiero que vea más cosas en mí; que abra los ojos y vea que soy más que un par de tetas. Que me enseñe… Que me enseñe a hacer lo que quiera con los demás y que los culpables sean ellos. Tremendo talento… El suyo, para sembrarme lamentaciones, y el mío para facilitárselo.

 

(Estoy escuchando ‘Confusión‘)