‘Querido diario’.

Contarlo todo. Vomitarlo despacio en el papel. Que se quede ahí, sin que nadie pueda hacer nada -ni tú, ni yo, aunque bien quisiéramos- y que el tiempo lo gaste, lo vuelva amarillo, lo vaya dejando atrás hasta que se me olvide.

Aprender a no esperar más. Curarme por fin, y seguir.