La loca de los gatos

Siempre dije que prefería los perritos. Mis primitas tienen un perrito, en la finca de mis tíos había un perrito, en mi colegio había una perrita que se murió y que reemplazaron luego por un perrito. Siempre me ha gustado visitar a mis amigos que tienen perritos, y, en la calle, cuando veo alguno, me detengo a saludarlo, acariciarlo y mimarlo un poquito.

De los gatos tuve siempre la idea de que eran unos creídos, que no se dejaban consentir, que eran completamente opuestos a los perros; que, si los llamaba, seguramente jamás iban a venir a mí; que debía ser paciente e ignorarlos, y que ellos, cuando quisieran, se acercarían. (Como los hombres, ¡jajaja! -chiste malo-.)

Cuando era pequeña, fastidiaba a mis papás todo el tiempo pidiéndoles un perrito. Ellos me decían que no, porque la casa era muy pequeña. Y tenían toda la razón; y era algo que me ponía muy triste. Veía también una contrariedad: mucha gente de mi urbanización tenía perritos; era muy común ver a niños de mi edad sacándolos a pasear. Y entonces me sentía mal y no entendía por qué a ellos los papás les habían dicho que sí cuando quisieron una mascota, y a mí no.

Hoy tengo veintitrés años y vivo sola. Muchas cosas han cambiado: ya no tengo que pedirle permiso a nadie para salir, para comprar esto o lo otro; no tengo un roomate a quién consultar para mover un mueble o hacer equis o ye cambio en el apartamento. Y, aunque todo esto suena maravilloso, hay también cosas que no son tan buenas: administrar la plata es un poquito más difícil, hay que pensar primero en las necesidades que en los deseos y uno se convierte un poquito en esclavo de las fechas límites de pago, porque el nuevo Coco se llama Datacrédito. (Al menos en mi caso).

El otro aspecto con el que hay que lidiar -menos grave que los anteriores-, es la soledad. Sí, está claro que era eso lo que buscaba desde el principio, cuando me vine a vivir sola. El típico -y cierto- discursito de “quiero tener mi propio espacio”… Sin embargo, hay días en los que uno simplemente no quiere estar solo… A mí me llegaron esos días, y tomé la decisión de, efectivamente, tener un animalito en mi casa.

Quería adoptar un perrito. Me despedí de mi idea de tener mascota cuando recordé lo dependientes que son; que no pueden estar solitos mucho tiempo, que hay que sacarlos a pasear varias veces al día, que hay que limpiarles los desechos… Y no es algo que me moleste en absoluto; de hecho, cuando me imaginaba con un perrito, llegué a visualizarme bastante bien con todas esas labores… Lo que realmente me dolió fue saber que mi perrito sí iba a estar solito y que se iba a poner triste… Y, aunque nunca he tenido un perrito en mi casa y no puedo hablar con tanta propiedad, para mí fueron razones de peso para desistir de la idea.

Entonces salieron a la luz quienes quisieron convencerme de tener un gatito: que son independientes, que son muy aseados, que no necesitan que los saquen a pasear y que incluso administran su propia comida. Y yo era reacia, decía que no, que yo quería un perrito; que era un perrito o nada. En el fondo, mi mayor miedo era que el gatito no me quisiera… Porque claro, tenía la idea de que son creídos y arrogantes y pensaba que iba a ignorarme todo el tiempo.

Varios amigos y una prima trataban de convencerme de que adoptara. Me decían que iba a cambiarme la vida, que las cosas no eran como yo las imaginaba. Que los gatitos son cariñosos y no creídos; que sería una linda compañía para mi vida. Yo sacaba excusas: que no tenía plata, que yo quería un perrito, que no era el momento… Hasta que me convencieron… “Hágale pues; ¿dónde adopto?”… Fue así como terminé comprando la arena, la caja, el collar, y cuido para un mes. Lo demás lo compraría cuando tuviera al gatito conmigo.

Entonces llegó Pancho a mi vida. Un gatito de cuatro meses del que me enamoré perdidamente -jejeje-. “Él te escogerá”, me dijeron Sara y Luisa. Y, por más mañé y novelero -o místico- que suene, así fue. Nos caímos bien; ronroneó en mi pecho cuando lo cargué. Le cortaron las uñas, me dieron indicaciones, lo metí en un guacal prestado y llegamos a mi casa.

No tardó mucho en ponerse a jugar. “Es una papeleta”; me habían dicho en el sitio en el que lo adopté. Y no se equivocaron… A pesar del montón de juguetes que tiene, su mayor entretenimiento consiste en bolsas o paquetes de galletas vacíos. Estudiar es toda una experiencia: le encanta acostarse encima del teclado, y a veces, cuando estoy chateando, simplemente decide caminar por ahí, enviándole mensajes raros a mis contactos con puros caracteres al azar. Barrer es difícil, porque se aferra a la escoba; tender la cama es un desafío… Y ni hablar de amarrarme los zapatos.

Soy una fastidiosa: le tomo fotos por todo. Confieso que le hablo mimado, le digo que es el bebé de la casa y lo trato como tal. Me gusta acostarme boca abajo y que llegue de la nada y se acomode encima de mi nalga; que no me deje caminar por perseguirme a donde voy, y llegar a la casa, abrir la puerta, y que me salude con sus maullidos dulces que aún no diferencio del todo.

Confieso que casi me pongo a llorar la primera vez que lo dejé solito y que el día de la alborada me sentí impotente de lo asustadito que estaba… Y que, todos los días, cuando salgo de mi casa, no veo la hora de regresar para jugar con él y mimarlo mucho.

Sin darme cuenta, le dí “like” en Facebook a un montón de páginas de gatitos, y, en Twitter, le he dedicado ya a Pancho muchos caracteres. Cuando mis amigos ven cosas de gatos en internet, inmediatamente me las hacen llegar, y yo sonrío como boba, porque ahora muchas de esas cosas las vivo con mi gatito.

Tengo claro que no quiero otro; que con Pancho me basta… Pero lamento un montón esas ideas preconcebidas que tenía; son animalitos maravillosos… Es increíble la velocidad con la que Pancho se hizo querer; y más increíble aún todo lo que tardé en tomar la decisión de adoptarlo.

Puede que no sea ‘la loca de los gatos’… Pero, si algo es seguro, es que soy la loca de mi gatito.

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