“Nos debemos un café”.

Eso escribí, tentando al demonio, al destino, a mis instintos, a mi carne… Con la idea en la cabeza de que nos debíamos más que un café. ENVIAR. Y el mensaje viajó, y, en cuestión de segundos, llegó a su celular. 

 
No iba a contestar… Seguro estaba lo suficientemente ocupado trabajando en alguno de sus proyectos nuevos… Y en la categoría “proyectos nuevos” realmente cabe cualquier cosa.
 
Me concentré en lo mío y miré al frente. Una insípida pantalla, papeles, mensajes por responder. El único mensaje que quería enviar ya había llegado a su destino. ¿Qué quedaba? Esperar, será. O trabajar. Pero yo no quería trabajar.
 
Entonces mi celular vibró: “Estoy en Provenza… ¿Te queda fácil pegarte la voladita?”
 
Ay… Definitivamente no era buena idea. Nunca debí enviar ese mensaje. Tal vez lo hice porque, en el fondo, esperaba que jamás contestara; que ignorara lo que le escribí, que, con suerte, estuviera fuera del país y no lo recibiera… Pero ya no había vuelta atrás, y todavía no existen las máquinas del tiempo… Y, siendo bastante sincera, si pudiera deshacer lo hecho, con mayor razón me habría tirado de cabezas.
 
Me maquillé despacio. Recordé, mientras lo hacía, esa época en la que estábamos juntos. Las salidas a montar en bicicleta, las mañanas compartidas en Ciudad del Río, las comidas en el Carlos E, las malteadas de chocolate en Pecositas. Y pensé que, en ninguna de esas veces, me había puesto maquillaje y que en todas me había dicho que estaba hermosa. 
 
Apagué el computador y salí despacio. Nos separaban dos cuadras que caminé con ansiedad y expectativa. Sabía un poco lo que iba a pasar: nos daríamos un abrazo largo, sonreiríamos en silencio, nos miraríamos a los ojos. Yo pediría un ópera (“¿No prefieres una cerveza?”) y él pediría un jugo en agua. Estaríamos el uno frente al otro y nos miraríamos a los ojos durante un rato largo… Y luego, cuando consideráramos prudente, uno de los dos rompería ese silencio -que no fue incómodo, porque nuestros silencios nunca fueron incómodos- con cualquier pregunta trivial y sin formalidades.
 
Subí las escalas del café y me preparé para buscarlo entre las mesas. No fue muy dificil encontrarlo: el sitio estaba bastante vacío y él estaba en la mesa de siempre, de pie… Con la camiseta que yo le había regalado en uno de sus cumpleaños. Sonreía con todos sus dientes. Entonces pasó lo que me temía: me derretí.
 
Hablamos de todo: de la universidad, del trabajo, de mi gatito, de la independencia, del clima, de música, de amigos que tenemos en común, de comida, de mi cumpleaños, del tiempo que llevábamos sin vernos, del último concierto que compartimos y de la última vez que habíamos entrado juntos a ese café… Entonces, como en una revelación, ambos recordamos que fue triste, y, para no amargarnos el rato, cambiamos de tema y seguimos sonriendo.
 
Evitábamos el tema principal. Yo quería hablarlo, pero tenía mucho miedo. Era una línea delgada entre seguir la vida tranquila como estaba, o alborotarlo todo y revivir cosas que yo imaginaba inertes. Quise decirle que me alegraba verlo, que estaba muy lindo. Quise preguntarle por sus papás. Quise preguntarle por Ella. 
 
Desde que todo entre nosotros había terminado, nunca habíamos tocado el tema. Yo siempre supe que ahí no tenía nada qué hacer; no sé si eran perfectos el uno para el otro; lo que sí sé es que, la primera vez que los vi juntos, vi en Ella un amor tan puro que se eliminaron por completo mis ganas de luchar por él, mis esperanzas de estar nuevamente con él. Tan puro, que me hizo sentir que, si buscaba la forma de volver, estaría acabando con su oportunidad de ser amado como nunca lo había amado nadie. Ni siquiera yo. 
 
Quise decirle que me hacía feliz verlo feliz, que a veces lo extrañaba, pero que ya no era como antes. Quise contarle que la última vez que nos vimos, en ese concierto de Robi Draco Rosa, lo abracé y no sentí nada. Pero no se lo dije porque todavía tenía algo que yo quería, y, bajarle el ego en ese momento, habría sido como botar a la basura mi tiquete a una pequeña gloria.
 
Él también me miraba con cara de pregunta. Se moría por saber si alguien más había probado mis desayunos, si alguien más pasaba la noche conmigo y se quedaba a mi lado para ver el amanecer. No se atrevía, quizás por lo mismo, pero me clavaba los ojos con fuerza; me examinaba, me comparaba -quizás- con la imagen que tenía de mí; con la de antes. 
 
“Estás hermosa”, dijo. Seguro me sonrojé, porque lo interpretó de la misma forma que lo interpretaba antes, con esa sonrisita de medio lado que dejaba ver satisfacción. Yo sabía lo que pasaría a continuación. ¿Cómo no saberlo, si yo misma lo provoqué? Sonreí de vuelta, agradeciendo el piropo, sin responder nada, pero pensando en lo bien que se le veía esa camiseta; era como si el tiempo no hubiera pasado. Entonces, pidió la cuenta, dejó un par de billetes sobre la mesa, me miró a los ojos y preguntó: “¿Vamos?”
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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Yessica.soto dice:

    Como es de bueno cuando los escritos tienen un final inesperado y al mismo tiempo, la oportunidad para escribir una historia nueva de un “viejo amor”, viejo amor real o ficticio.

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