La Moto Amarilla

Vi la escena desde el bus. Era una esquina, y dos personas se bajaban de una moto amarilla. Se tomaron de las manos y se abrazaron. Cuando el semáforo cambió, ellos aún no se habían soltado. 

Recordé tu moto amarilla. Recordé esa conversación, cuando llegaste a mi casa y me abrazaste. Hacía frío. Tenías puesto tu impermeable y yo sonreía, nerviosa, como cada vez que nos veíamos. Era como si las mariposas en mi cuerpo lo supieran, porque se alborotaban, se enloquecían, hacían fiesta y revoloteaban con fuerza entre mis costillas. Entraste tu moto amarilla y la guardaste en la sala de esa que era mi casa y de la que supongo que algún día no fue más que un garaje. Y me besaste despacio, haciendo valer cada día de espera de esa semana sin vernos que se me había hecho tan eterna. Recordé tus manos rodeando mi cintura. Recordé que te pregunté si tenías hambre, mientras te sentabas en una esquina de mi cama y me preguntabas tímido si podías quitarte los zapatos. 

Pasaban carros cerca al bus en el que yo iba como pasajera. El tráfico no estaba lento, y las personas que iban de pie se balanceaban de un lado a otro a un ritmo impuesto por el conductor. De mis audífonos salía una canción de Coldplay que me taladraba de buena forma los oídos: la misma canción que sonó cuando me besaste la primera vez. Tú no la recuerdas… De todos modos, no es relevante. Mi memoria tiende a almacenar datos tan innecesarios como ese y a recordármelos después montada en un bus de camino a casa. Chris Martin me recordó con su voz esa primera vez que salimos… Esa vez, en un carro que no era tu moto amarilla.

Cerré los ojos. No faltaba mucho para llegar a mi destino. Y entonces, como una ráfaga inoportuna, empecé a recordar también nuestra primera vez, cuando yo tenía tantas ganas pero tanto susto de ‘entregarme’ a ti. Es una expresión tan fea, pero tan literal… Porque cuando estoy con alguien no soy capaz de darme por partes. Tengo que entregarme toda, porque es esa mi maldita naturaleza. Y esa noche te decía que no, pero mi cuerpo te decía que sí. Habías venido desde tan lejos, con tu impermeable, en tu moto amarilla; y yo estaba tan ansiosa, tan nerviosa, tan sedienta de ti… Mi poca voluntad se mezcló fatalmente con tu perseverancia… Y al final ambos tuvimos lo que queríamos. Recordé, sentada en ese bus, cómo tus dedos me recorrieron. Recordé tus dientes, mordiendo mis labios. Pensé en tu pecho sobre el mío, y puedo jurar que casi -casi- sentí tu calor de verdad. Recordé tu lengua caliente, tu mano curiosa metiéndose entre mis piernas. Mi afán por sentirte más cerca y memorizar tu olor… Y cerré los ojos duro, y me agarré con fuerza al asiento de adelante sintiendo un temblor en las piernas y ese calor que subía y bajaba por todo el cuerpo…

Fue inevitable. El mundo desapareció por completo y tuve el control por un rato de mi máquina del tiempo. Había vuelto a ese frío noviembre, a tu espalda y a tu sexo; volví a tu abdómen, a tus piernas, a tus dedos, a tus labios… Volví al momento en el que fuimos uno, cuando tu lengua me recorría entera. Volví al momento en el que te saboreaba; volví al momento en el que te agarraba. Por unos minutos mi realidad fue otra. El bus desapareció, los demás pasajeros desaparecieron. Ahí era noviembre y yo estaba sola contigo. Fue palparte sin tocarte; verte con los ojos cerrados. Morderme los labios para no gritar… Sostener con más fuerza el asiento de adelante, y luego perderme, sedarme, no saber nada de mí… 

Volver al presente fue difícil. Abrir los ojos despacio y acostumbrarlos a la luz. Ponerme de pie, caminar hacia la puerta y bajarme  del bus. Sentir que me miraban, y fingir no darme cuenta. Pudo ser paranoia, de todos modos, pero, para mí, fue como haberlo hecho en público, esta vez en un bus repleto de gente. Mira tú… Ya puedes tachar eso de la lista. 

Ya no estamos en noviembre, aunque es bueno ir de vez en cuando. Así como fui hoy, como he ido antes, y como seguramente vuelva alguna otra vez. Hoy viajaste conmigo en bus. Y, aunque no fue tan malo -de hecho normalmente es incluso divertido-, debo confesar que extraño montar en tu moto amarilla. 

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Un pensamiento en “La Moto Amarilla

  1. Como siempre vos matandome al leerte, y permitiendo que viaje con cada frase que leo, gracias por ser así y por enseñarme a viajar y volar por medio de los textos. LOVIU :*

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