Quiero dejar de sentir miedo.

Confieso que tengo miedo. Siempre leo en todas partes que atracaron a alguien. Todos los portales de noticias que sigo en mis redes sociales, hablan siempre de lo mismo. Y eso que hace mucho tiempo dejé de ver noticieros…

Amo mi ciudad. Me gusta mucho caminarla; recorrerla de norte a sur. Me gusta que mi lugar de trabajo y de estudio no queden tan cerca de mi casa, porque así puedo caminar todos los días y hacer uso de una ruta de bus que realmente disfruto. El centro siempre me ha parecido mágico; lleno de historias… Incluso, hace algún tiempo, me parecía un lugar seguro.

Ahora leo en todas partes -Facebook, principalmente- que le robaron el celular a alguien, que le arrancaron la billetera a otro, que amenazaron a nosequiencito con un puñal… En fin; no quiero entrar en detalles que todos conocen y que, además, me dan escalofríos.

Una vez me atracaron. Me robaron el celular. El susto fue grande, pero la peor parte se la llevó una amiga, que me lo había pedido prestado para llamar a su mamá. Fue ella quien sintió el puñal cerquita de su piel. Fue ella quien tuvo que entregarlo, porque era eso, o la chuzaban. Y recuerdo que lloré de la rabia. Pudo ser un poquito la niñita materialista que llevo dentro; pero era más la rabia, la impotencia; saber que por culpa de un par de delincuentes me quedé mucho tiempo sin teléfono mientras ellos lo disfrutaban, lo vendían, lo empeñaban… Yo qué voy a saber. Más rabia me dio entonces cuando llegamos a un CAI de policía cercano a contar lo que nos había pasado con la esperanza -pobres ilusas- de que el ilustre señor agente -o bachitonto, vaya uno a saber- saliera a buscar al par de aprovechados que se habían llevado el celular… Y entonces nos respondieron algo como “tienen que ir a tal parte a poner el denuncio… Pero ya toca mañana; hoy está muy tarde”. Ahí me eché a la pena. Bye, bye, celu.

Me costó mucho tiempo salir a la calle tranquila. Vivía asustada; cruzaba las calles con miedo, desconfiaba de todo el mundo. Prefería quedarme en la casa a exponerme a que me robaran alguna otra cosa. Finalmente, recuperé la confianza, y salí tranquila otra vez. La tranquilidad se debía en gran parte a que realmente no tenía nada de valor que pudieran robarme; que, si alguien me paraba en la calle para pedirme mis cosas, lo mucho que conseguirían de mí serían libros, o mi discman. Sí; yo sé; todo el mundo andaba para arriba y para abajo con mp3, mp4, iPod… Y yo era feliz con un discman. Y es que… ¿Quién iba a querer encartarse con un discman? Y entonces me contaron… “Es que a fulanito lo iban a atracar en tal parte, y como no tenía plata ni nada de valor, el atracador lo chuzó de pura rabia”. Ya… Estaba jodida. La intranquilidad volvió.

Las noticias -en ese tiempo aún veía noticieros- estaban llenas de los mismos testimonios: que lo atracaron en la esquina, que lo chuzaron por robarle el celular, que le pidieron toda la plata, que un combo de atracadores se montó a un bus y les robó todo a los pasajeros… “Me va a tocar entonces trabajar muy duro y comprarme un carro en el futuro”, pensaba con ironía. Y entonces las noticias continuaron: ya habían personas atracando a quienes se movilizaban en carro particular y eran tan de malas de coincidir con sus ladrones en un semáforo en rojo. ¡Por Dios! Pero, ¿qué es esto? “Será empezar a andar en bicicleta”; pensé después. Y que no, que a fulanita la tumbaron de la bici para robársela.

Mi miedo crecía, pero era más la rabia y la impotencia. Ahí fue cuando empecé a dejar de ver noticieros, porque si los seguía viendo, me iban a tener que internar en algún lado por puro delirio de persecución. Y al final lo que me perseguían eran esas historias, porque ya no eran tan lejanas… Ya empezaban a sucederle a mis amigos, a mis conocidos. Ya empezaba a ver estados en mi Facebook contando que les habían robado. O que al tío le robaron. O que al conocido de la mamá del mejor amigo le robaron.

Esas noticias empezaron a sacar lo peor de mí. Me sorprende haber llegado al punto en el que me alegro cuando cogen a los ladrones, cuando los cascan. Hace poco, leyendo una noticia en la que un fletero murió, presuntamente asesinado por quien iba a ser su víctima, mis oídos se sorprendieron al oírme decir “Qué bueno que mataron a esa rata”. Y no me la creo. Me parece increíble haber llegado hasta este punto, en el que la muerte de otro ser humano me haya producido cierto regocijo. Y entonces lo hablé con una amiga, y ella dijo que, aunque no está de acuerdo con que hayan ladrones sueltos, para ella la vida es más importante y trata de ser comprensiva con el ladrón, porque nadie sabe lo de nadie y no nos consta por qué clase de situaciones esté pasando para llegar al extremo de robarle a alguien e intimidarlo con un arma que seguramente no dudará en utilizar con tal de conseguir ese objetivo material del que está detrás. Yo no pienso como ella. No justifico en ningún nivel que un ladrón decida tomar las cosas de alguien, por más necesidad que tenga. Reconozco que está mal sentirse bien porque otro ser humano muere; y reconozco que es la misma situación la que me ha cambiado. Es posible que, unos años atrás, se me hiciera más fácil de entender que alguien tenga motivos válidos para robarle a otro. Pero ya no. Sencillamente no me cabe en la cabeza. Afortunadamente nunca he tenido una situación de pobreza extrema en mi casa; sin embargo, jamás se me pasaría por la cabeza hacerle daño a otro, solamente porque tengo hambre y vender su celular podría comprarme un desayuno. Se me hace antinatural; imposible. Creo que siempre hay muchísimas más alternativas distintas a esa para salir de un problema… Y, aunque me digan insensible o inconsciente -seguramente esa amiga que les mencioné lo pensará-, me parece el colmo matarme trabajando para conseguir mis cosas, para que llegue otro de la nada, con un arma en la mano y me lo quite así como así. Y, repito: por más necesidad que tenga en mi vida, no contemplo la posibilidad de agredir a otro para salir de mis problemas o comprar un mercado en mi casa. Así me educaron, y espero que la lengua jamás me castigue en ese sentido.

Hace un par de años la situación era similar -aunque, poniéndolo en perspectiva, creo que ahora está peor- y puse un estado en mi perfil de Facebook en el que contaba, muy triste, que estaba cansada y quería ser parte de la solución. Los comentarios que recibí allí fueron más o menos lo que esperaba: que estaban de acuerdo conmigo, que qué indignación tan brava, que sí era muy triste, y que lo mejor era irse del país. ¡Yo no quiero irme del país! Como lo dije allí, QUIERO HACER PARTE DE LA SOLUCIÓN -aunque me siento bastante desorientada; ¿cómo solucionarlo?-. Lo más sorprendente de mi estado fue que, el único comentario sensato y alentador vino de uno de mis amigos. Él, extranjero -inglés, para más detalles-, decía que muchos otros como él dejaban sus países desarrollados para venir aquí porque es muy bueno; que, por cada razón para devolverse a su país de origen, tenía tres o más para quedarse aquí… Y que, así como le han robado aquí, le han robado allá. 

Captura de pantalla 2014-11-19 a la(s) 20.08.47

Siento temor cuando debo salir de mi casa con mi computador en el bolso; ya no contesto llamadas cuando estoy en la calle -lo cual me parece bastante ridículo; ¿pa’ qué son los celulares, pues?-, me aferro a mi bolso con fuerza y le miro las manos a todo el mundo, con el miedo recurrente de encontrarle con la mirada algún objeto cortopunzante… Camino mirando “rayado” -no puedo garantizar que me salga bien el papel-, y me volví mala gente: si alguien me pregunta la hora, si alguien me pide ayuda, si alguien quiere saber alguna dirección, ignoro a ese alguien y sigo con mi vida, por el simple MIEDO de que ese alguien utilice esa pregunta como técnica de distracción para hacerme algo -sí, también hay montones de historias con ese tipo de trama-. ¿Es entonces la solución salir sin nada a la calle? ¡Pero si mucha gente se ha ganado sus chuzones por no tener tampoco nada qué entregar!

Llámenme materialista, si quieren; en realidad no me importa. Simplemente, como dije unos renglones más arriba, me parece injusto, abusivo, inconcebible trabajar largas jornadas para poder pagarme mis cosas, y que llegue alguien de la nada a quitármelas… Es todo.

Me choca también que, en los casos “exitosos” en los que atrapan al ladrón, éste salga unas cuantas horitas después por falta de pruebas, o por hacinamiento en cárceles, o porque sea menor de edad… Porque esa es otra cosita que tampoco entiendo… Si se supone que robar no es un jueguito de niños, ¿por qué los tienen qué juzgar como menores? Qué pena; si hace “cosas de grandes”, ¡que lo juzguen como adulto! Y eso sí, que el queridísimo gobierno -o a quien corresponda- se encargue de solucionar las cosas para que quien cometa el delito lo pague; que no se ganen ellos la tranquilidad de “robo porque si me cogen me sueltan de una”, y nosotros, los ciudadanos, la intranquilidad de “yo denuncio, pero importa un carajo, porque igual van a salir”…

Vuelvo entonces al tema de la solución. La solución, la solución. No estoy de acuerdo con eso de tomar la justicia por las manos, pero comprendo a quienes lo hacen, en vista del poco apoyo que hay por parte de la policía. Sí, es verdad que es bastante complicado coger a alguien en flagrancia, pero también es cierto que muchas veces pecan por negligentes, cuando gracias a la tecnología una víctima de atraco intercepta su celular satelitalmente, con el lugar preciso en el que está, y el ilustre señor agente no hace nada, porque simplemente “no está en mi cuadrante”. ¡Que miren ahí con qué otra excusa argumentan su perecita!

Tampoco quiero convertirme en esas personas fastidiosas que le echan toda la culpa al alcalde y que se escudan detrás de un teclado y una pantalla con ese estribillo de cajón que sacan ante cualquier situación: “¡Ahí tiene su Medellín innovadora, señor alcalde!” No, qué pereza; ¡de esos ya hay muchos! Sigo creyendo -díganme ilusa, si quieren- que es posible recuperar la tranquilidad.

Quiero volver a caminar tranquila por mi ciudad; no quiero volver a saber que alguien a quien quiero le hicieron daño por quitarle algo; ¿qué hacemos pues? ¿qué proponemos? ¿cómo nos movemos? Yo sé que suena mucho a cuento infantil, pero sueño una ciudad en la que todos nos toleremos y vivamos sin necesidad de agredir o irrespetar al otro… Quiero dejar de sentir miedo.

@Adictalcafeh

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