Incapacidad

Es muy extraño ver cómo la fragilidad aumenta al crecer, cuando parece ser al contrario. En el carácter hay más cosas que nos duelen y que nos golpean más duro… Y en el cuerpo, por ejemplo, una simple caída provoca la sensación de haber comprometido alguna extremidad atrofiándola, evitando que funcione con la misma agilidad y destreza de antes.

Todo esto para decir que ayer me caí: mi pie se enredó aparatosamente con el pantalón y terminé dando una vuelta en el aire y cayendo al piso, ante la mirada de tres hombres que se quedaron viéndome fijamente mientras yo, avergonzada, me sacudía el polvo y me ponía de pie otra vez.

No me quedó de otra que sonreír con un poco de rabia, porque de verdad me habría venido bien que alguien me hubiera dado la mano… Y seguir mi camino, con las palmas de las manos raspadas, el pelo más desorganizado que de costumbre y un dolor en el dedo gordo del pie que se hacía más intenso con cada paso que daba.

Terminé mi jornada laboral, siempre con la imagen de la clínica en la cabeza, contando los minutos para hacerme revisar en una sala de urgencias. Caminaba coja, como si me faltara el pie izquierdo -¡y qué falta me hacía!-… En la pantalla de mi celular, nuestra última conversación, que más bien parecía un mal monólogo mío. Día: miércoles. Hora: 9:19 am.

En la sala de urgencias me entregaron un ficho -todo en este país se reclama con fichos- con mi nombre, mi edad y mi número de cédula. Día: viernes. Hora: 7:20 pm. Desde nuestra última conversación, hasta el día de ayer, había pasado de todo: un montón de trabajo y pendientes en mi vida, un dolor de cabeza insoportable, la inevitable sensación de extrañarte y una posible fractura de falanges. Bueno… Eso había pasado en mi vida, porque de la tuya no tenía ni idea. Atrás quedaron los días en los que contaba las horas que llevábamos sin besarnos -porque así de cursi puedo ser a veces-; ahora contaba tres días y una hora sin hablar contigo.

Noté al ver llena la sala de urgencias que mi noche sería larga. Sin embargo, comparando a los demás conmigo, vi que había gente con peor aspecto; yo, por lo menos, en medio de mi dolor podía caminar -aunque a medias- y conservaba intactos, tal vez un poco más agudos, mis cinco sentidos.

¿Te digo la verdad? Me habría gustado que no hubieras desaparecido. Me moría por hablarte otra vez y preguntarte cómo habías estado, preocupada al principio y cuestionándome después qué hice mal, qué te molestó, qué pasó… Pensé que simplemente no querías hablar conmigo, y lo respeté, aunque me muriera por saber de ti y de tus cosas… Me habría gustado estar contigo en esa sala de urgencias… Porque nunca en mi vida me había sentido tan sola y porque, mira tú, me gusta mucho tu compañía.

Me hicieron una radiografía. Hoy la leo aliviada porque se descarta fractura de falanges. Se siente, sin embargo, una herida leve en el corazón.