Perseidas

El plan original era ir a ver una lluvia de meteoros. Algo así me dijo… Que quería pegar pa’l monte, que allá era más despejado, sin las luces invasivas de la ciudad, con la posibilidad de ver las estrellas más claramente y de lanzar al cielo un montón de deseos que quería pedir… “Como que recuperes tu platica pronto y te sientas cada día mejorcito de lo que pasó el sábado”, me dijo, confiando en esa “magiecita”, como ella la llama, que suelta el universo, “porque existe, así como me gusta creer que también existen las hadas”, dijo. Según ella, esa “magiecita” puede cumplirle lo que ella quiera, así como cuando mira el reloj casualmente a las 11:11 y me dice eufórica: “¡Mira la hora, mira la hora! ¡Pide un deseo ya!”

Miré el cielo algo nublado y supe que no veríamos ninguna estrella; que no iba a poder pedir ningún deseo y que iba a ser ridículo desplazarnos hasta tan lejos a ver puras nubes, perdiendo tiempo, plata, gasolina, teniendo que madrugar al otro día a estudiar… El universo es así de oportuno y tenía que hacer su lluviecita de meteoros un miércoles, el día más muerto de la semana, en el que casi todo está cerrado y a una hora en la que nada emocionante podría pasar. “Yo no tengo la culpa de que haya caído miércoles”, me dijo con una sonrisita cargada de lástima y esquivó mi mirada con un poquito de culpa.

La recogí tarde, porque fui primero al gimnasio. No pensaba cambiar mis planes por una lluvia de meteoros que ni siquiera estaba seguro de ver. Estaba en el paradero de buses, hablando con un señor que esperaba algo también -seguro algo más trivial que una lluvia de estrellas. Seguro ni sabía que esa noche habría una lluvia de estrellas-, sonriéndole con cortesía y despidiéndose amable mientras abría la puerta de mi carro. “¡Hiciste un amigo nuevo!”, le dije elogiando su capacidad de socializar… Tal vez eso sea en lo único que nos parecemos.

No fui capaz esta vez de descifrar qué estaba pensando. Me había dicho un rato atrás que era una fecha difícil para ella, pero no me atreví a preguntarle por qué. Tenía la mirada perdida pero no dejaba de sonreír -especialmente cuando me miraba-. Hablamos de tantas cosas que supe cada vez más que no la conozco, que es como una cajita de sorpresas, que mucho de eso que me cuenta ni siquiera lo sospecho, y que muchas de esas historias ya me las ha contado antes, pero yo no las recuerdo porque le presto muy poquita atención. Se ríe cuando habla, casi siempre a las carcajadas. Yo le pregunto cómo es posible, y ella simplemente levanta los hombros y cambia de tema sin darle mucha importancia.

Al final nunca me contó por qué la fecha era distinta. Hablamos y nos reímos… Lloró un poquito pero no la abracé. Nos tomamos dos cervezas -la mía sin alcohol porque estaba manejando-, y regresamos a la ciudad. Hacía frío, y tal vez por eso disfruté tan poco. Sin embargo, me gustó el lugar, y ante la duda de saber cómo sería de día, me prometí regresar después… De pronto un domingo, con menos ocupaciones, pero definitivamente no un miércoles: de eso sí estaba seguro.

El cielo siempre fue el mismo; nunca vimos la tal lluvia de meteoros -llegué a pensar un par de veces que se la había inventado- y lamenté un poquito haber cambiado mi cama y mis cobijas por ese frío envigadeño y la vista de un cielo que habría visto igualito desde la esquina de mi casa.

En el viaje de regreso no quiso contarme qué estaba pensando, aunque se lo pregunté muchas veces. Sólo supo decirme que tenía que ver conmigo. Tal vez no quiso contármelo porque era un deseo insatisfecho, de esos a los que ya la tengo un poquito acostumbrada. Comprobé que así era cuando nos despedimos, y, al abrir la puerta de su casa, regresó corriendo al carro a abrazarme duro, como respondiendo a algún impulso de esos que le dan a veces, metiendo la cabeza por mi ventana, con un suspiro casi imperceptible que se le escapó cerquita a mi oreja y que sentí como una manifestación de impotencia. “Tengo rabia”, me dijo. “¿Por qué? ¿porque no vimos la lluvia de estrellas?”, “Ehmmm… Sí.”

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