Los libros no se prestan

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Cuando tenía doce años, mi tío llegó a mi casa con una caja llena de libros. Era una colección de veinticuatro clásicos, cada uno de distinto color, pero con el lomo enumerado. Nunca le pregunté de dónde la había sacado, o si ya los había leído todos; lo que hice, en cambio, fue abrazar la caja con cariño y sacarlos uno a uno para ubicarlos en orden en mi biblioteca.

Era evidente que ya habían sido leídos antes, y seguramente llevaban mucho tiempo guardados por el olor y el color de las hojas. Tristemente faltaban algunos ejemplares, pues, al organizarlos numéricamente, había algunos leves saltos entre ejemplar y ejemplar. Del 1 al 3, del 5 al 7, del 16 al 18… Me pregunté muchas veces qué habría pasado con ellos, cuáles eran sus títulos, quién los habría escrito… Hasta que me rendí y lo dejé pasar con los años, sin entender nunca cómo era posible extrañar algo que jamás había tenido.

El libro número 1 era A Sangre Fría, de Truman Capote. Recuerdo que mi papá se alegró mucho al verlo y prometió leerlo rápido, después de terminar El Otoño del Patriarca, que era el libro número 3. Con el pasar de los años mi biblioteca personal fue creciendo mientras yo iba leyendo los libros de esa primera colección que mi tío me había regalado. En décimo una profesora nos puso como tarea elegir un libro para leer en el año, y una amiga me llamó a preguntarme qué libros tenía, esperando encontrar alguno de su gusto para leer en esa clase de español. Durante la llamada le conté sobre ese regalo que mi tío me había hecho unos cuantos años atrás, describiéndole los libros y contándole sobre los que faltaban. Mencioné con efusividad que en la dedicatoria de Platero y yo estaba mi nombre y rió conmigo por la casualidad. Seguro la historia no le pareció tan entretenida, pero en cambio, cuando mencioné A Sangre Fría, me interrumpió y me dijo que llevaba mucho tiempo con ganas de leerlo, que por favor se lo prestara.
Ella, la única amiga del colegio que hablaba conmigo de libros y devoraba novelas con avidez, se destacaba por ser excelente estudiante, bastante inteligente y dedicada. Todos la admirábamos mucho y para nadie era un secreto que había pocas cosas en las que no era tan buena. Pensé que mi libro no podía estar en mejores manos y se lo presté.
Al día siguiente lo llevé al colegio, con las hojas amarillentas, el separador que mi papá había utilizado cuando lo leyó y la recomendación que sobraba, que era más un saludo que un voto de confianza: “me lo cuidas”.
Hay cosas que no se prestan: el cepillo de dientes, la clave del banco, la contraseña del correo, la música y los libros. Ésta última la aprendí de mala manera, pues una semana después de haberle prestado A Sangre Fría a mi destacada compañera, el lomo estaba despegado, con hojas sueltas y algunos hilos a la vista. Al ver mi cara de preocupación, me pidió disculpas; pensé que un accidente podría tenerlo cualquiera y lo dejé pasar.
La que sería una tarea para todo el año se convirtió en una tortura lenta para mí: pude ver cómo, con el pasar de los días, el libro que había prestado perdía las hojas, el lomo, la pasta… El momento en el que definitivamente me eché a la pena fue en el que la vi, en un descanso, con un marcador en la mano, resaltando frases -en realidad párrafos enteros- que le habían gustado. Le reclamé con educación haberme rayado el libro, y su respuesta, con una risita infantil fue: “ah, ¿es que no podía?”
Ese día supe varias cosas: que no me regresaría el libro nunca, que el cuidado por lo ajeno no era una de sus virtudes, que mi colección empezaría ahora desde el número 3, y que LOS LIBROS NO SE PRESTAN.
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