Salas de Espera

Las salas de espera son ese punto muerto en el que todo se encuentra: la ansiedad, el dolor, el miedo, la incertidumbre. Sobre todo la maldita incertidumbre. Y, mientras tanto, la vida pasa. La gente pasa, los momentos pasan. Mientras tanto, espero, en una silla, acompañada de unos cuantos desconocidos que también esperan. Me uno a su dolor, a su angustia, a su miedo.

Esperamos juntos, pero estamos solos. Esperamos, mientras fingimos ver el celular. Mientras fingimos que leemos un libro. Mientras nos hacemos los que leemos el periódico. Y nuestra mirada se desliza por las letras, pero nuestro pensamiento se acerca peligrosamente a las no muy remotas posibilidades de que todo salga mal.

Salen enfermeras y médicos con papeles en sus manos, mientras uno como un idiota desvalido espera a que uno de esos sobres sea para uno, que la enfermera abra la boca y trate torpemente de pronunciar el nombre de uno. “Ag… ¡Elizabeth Villa!”, pararse de la silla como si tuviera un resorte en el asiento y salir caminando rápido detrás de ella para entrar a un consultorio y saber, en definitiva, cuál es el diagnóstico.

No me gustan los hospitales. Me parecen tan deprimentes como los cementerios. No me gustan las salas de espera, porque no combinan con mi ansiedad. No me gusta sentir miedo. Y no me gusta estar sola.

 

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