Un Cuartico de Pensamiento

La gente pregunta por qué soy así. Por qué me afectan tanto las cosas, por qué soy tan jodidamente sensible, por qué me demoro tanto en hacer mis duelos. Lo preguntan como si lo disfrutara; como si llorar fuera muy rico y eso de recordar, lamentar y maldecir fuera súper divertido y encantador.

No sé qué responder. No sé por qué tardo tanto en cicatrizar. No sé por qué tardo tanto haciendo un duelo. Y, de verdad, si lo supiera, lo cambiaría y no estaría escribiendo esta pendejada. Llevo AÑOS buscando la respuesta a esa pregunta. Para que no duela, para que no moleste; para que sean siempre nada más que lindos recuerdos; para que no traigan lágrimas. Llevo años buscando ese camino, y en esa búsqueda he encontrado que la mejor solución -aunque la más cobarde- es no sentir. Cerrar las puertas con llave; no dejar entrar a nadie. Porque es muy rico hospedar gente en el corazón, sonreír y disfrutar de su estadía, pero duele mucho cuando lo saquean todo y se van; y luego uno se queda preguntándose por qué, si era tan buen huésped. Por qué, si había sido tan buen invitado. Por qué, si rogó tanto pa’ que lo dejara entrar.

Mi corazón es una casita; no un hotel. Si usted piensa venir de paseo, tenga la amabilidad de no tocar la puerta siquiera. Porque, si no soporto las despedidas, mucho menos voy a soportar un abandono.

Enséñeme a que no duela.

Al mejor estilo de ‘Sunday Morning’

Tengo una imagen recurrente: me levanto sin que lo notes, dejándote en mi cama, soñando cualquier cosa bonita mientras el sol entra por la ventana.

Camino hacia la cocina. Despacio, porque no quiero despertarte; porque quiero que sigas soñando con esa cosa bonita que te mantiene inmerso, con los ojos cerrados. Despacio, porque así el momento me dura más; porque te ves lindo dormido y yo disfruto el compás de tu respiración; porque te ves vulnerable y porque me dan ganas de volverme a meter debajo de esas cobijas para que me rodees con ese abrazo perfecto con el que quiero despertar siempre.

Y empiezo a preparar el desayuno. Pasito, para no despertarte; y con tanto amor como me sea posible, como si así lograra que me quedara más rico; como si de esa forma, como por arte de magia, fueras a quererme más después. Estrello los huevos con cuidado, y las yemas caen perfectas. Es una lástima, porque la cucharita de palo va a dañar esa perfección. Revuelvo con suavidad, cuidando no hacer mucho ruido. Te imagino, y me gusta. Te imagino, y me gustas.

Es inútil guardar tanto cuidado porque terminas despertándote de todos modos. Me sorprendes abrazándome por la espalda, con ese “buenos días” que te suena tan bonito; los ojitos sin abrirse del todo y un “¿te ayudo?” al oído que rechazo obstinada, porque será ese tu desayuno y mío el deseo de que lo disfrutes. Que unos simples huevos revueltos sean el comienzo de un día maravilloso.

Me sonríes y me dices que te gustó. Me agradeces con un beso, nos bañamos juntos y así empieza nuestro domingo… Como te dije, es una imagen que se repite bastante… Y en mi cabeza es perfecta, si quieres que te diga la verdad. Lo que pase después lo dejo a tu imaginación; digamos que sería un buen inicio para una historia… ¿No?

Ah, pero, qué bobita yo, imaginándome todo eso… Entre todo lo que hemos hablado, y ni siquiera me has contado si te gusta comer huevo al desayuno.

😉

Estoy escuchando ‘How do you do it?‘ de The Quiet Company 🙂

Querido diario

No me acostumbro. Pensé que, después de tanto tiempo, las cosas iban a cambiar un poco. Que iba a ver más allá; que le iba a importar un poco siquiera.

Seguramente se levantó como todos los días, se bañó, se vistió, y se fue para la universidad. Un montón de cosas llenaron su cabeza; que tengo que hacer esto, que no se me puede olvidar esto otro; que voy a llegar tarde. Que qué maldito taco a esta hora.

Yo quería dormir. Apagué incluso mi celular para que nadie pudiera despertarme. Quería dormir mucho, mucho; días enteros; no despertarme en mucho tiempo. Sólo durmiendo estoy en paz -aunque él se me aparezca a veces en sueños y lo altere todo-; sólo durmiendo.

Despertar hoy fue un desubique… No reconozco ni mis cobijas. Es un mundo ajeno a mí. Ahí estoy, pero no me encuentro. ¿Será que él entiende eso? Ah… No importa. Ni siquiera yo lo entiendo. Y qué bobada desgastarme explicando, si es que lo entendiera -STOP. Divago-.

El café está listo. Las noticias en mi bandeja de entrada, tan aburridas todas -soy una inculta que no quiere leer lo que pasó con el sector minero-. Abro la última conversación. Ya leyó lo que le dije ayer, y me dijo que soy una ofensiva. Y no; cuando se lo dije no fui grosera. Lloraba desilusionada. Él debería saber que nunca he querido ofenderlo en lo más mínimo.

Si se pusiera por un momento en mi lugar, si viera todo desde mi perspectiva, lo entendería.

Que me sentí como una rubia vacía. Duele ver que claramente lo único que le interesa de mí es mi sexo. ¿Lo hago bueno? Halagador. Pero… ¿Soy tan bruta? ¿Soy tan aburrida? ¿Soy tan poco interesante?

Bruta o aburrida, al parecer no importa; para él soy grosera y ofensiva solamente porque le digo que me duele que me busque sólo para eso. Resulta entonces que soy la mala del cuento porque quiero que vea más cosas en mí; que abra los ojos y vea que soy más que un par de tetas. Que me enseñe… Que me enseñe a hacer lo que quiera con los demás y que los culpables sean ellos. Tremendo talento… El suyo, para sembrarme lamentaciones, y el mío para facilitárselo.

 

(Estoy escuchando ‘Confusión‘)

Reducción

Para mí el abandono no pasaba de ser simplemente una palabra escrita en el diccionario… Hasta que te conocí y supe de cerca lo que era que no me hablaras, que no me escribieras, que no me recordaras… Que no me reconocieras.

Y llorar con un libro, y sentir que cada palabra me cala hasta el más pequeño de los huesos. Y mirar hacia adelante y no verte, y mirar hacia atrás y encontrar mi sombra. Y nada más.

Sentirme perdida, desorientada, olvidada… Abandonada.

Desear que vuelvas, cuando nunca has venido. Tener miedo de perderte, cuando nunca te he tenido.

 

Reminiscencia

Déjame contarte los parpadeos
Aunque no importen;
Aunque no marquen la diferencia.
La velocidad cambia ‘en un abrir y cerrar de ojos’,
Mientras mi cuerpo al tuyo se acerca…
Mientras memorizo tu esencia.
Déjame contarte los suspiros –los gemidos-;
Respírame al oído.
Sé mío… Sólo por esta noche, sé mío.
Déjame contarte los dedos
Aunque me los sepa de memoria,
Aunque los haya tenido dentro mío.
Déjame contarte los lunares,
Los que se parecen a los míos.
Esos que, son tan tuyos, que envidio.
Déjame los beso despacito.
Sé mío… Sólo por esta noche, sé mío.

Martes 22

Ayer todo fue difícil de asimilar. Tenía algo por dentro que no me dejaba sonreír, que me ataba con fuerza a una tristeza que no entendía. Y si yo no la entendía, menos podía esperar que él lo hiciera.

Me miró dos veces en medio de sus ocupaciones. Yo ni siquiera le devolví la mirada. Tenía miedo de ponerme a llorar delante de él, tenía miedo de que descubriera que me muero por dentro mientras él está cerca pero lejos de mí.

Más tarde, me dijo que podía llevarme en su carro hasta alguna parte. Sí, hasta la misma parte de siempre; ese sitio que nos separaba, en el que él tomaba camino hasta su casa y yo caminaba un par de cuadras hasta el paradero de buses más cercano. Acepté. Más tarde me arrepentiría de eso.

El camino fue silencioso… Parecía más un carro fúnebre –y no es una metáfora; ya he viajado en un carro fúnebre antes-. No me hablaba. Ni siquiera me miraba. Yo trataba de distraerme observando las gotitas de agua resbalarse por la ventana… Lo que fuera con tal de no permitirle que me viera llorando.

Y no… Jamás me habló. Media hora de camino –parecía más tiempo- y jamás me dirigió la palabra. Extrañé los días en los que me tomaba de la mano y me miraba a los ojos. Extrañé esos momentos en los que su mano derecha se quedaba en mi pierna izquierda. Extrañé sus sonrisas. Lo extrañé mucho a él.

Al llegar a mi destino, ni siquiera fui capaz de mirarlo a los ojos. Dije “adiós” y me bajé del carro lo más rápido que pude. Corrí hacia la esquina y doblé a la izquierda –jamás lo hago; siempre espero el cambio del semáforo y sigo derecho-. Me dirigí al paradero violando cualquier norma peatonal, cruzando por la mitad de la calle. Esperé. Esperé. Esperé. Mi bus jamás pasó. Pude tomar cualquier otro que me dejara cerca… Pero no quise. Las lágrimas me desenfocaban el camino; la gente me miraba como a un bicho raro. Y yo lloraba… Y caminaba. Y recordaba. Y me lamentaba. “Ya debió llegar a la casa”. “Debe estar comiendo algo”. “Probablemente está hablando por teléfono”. Y sí… Tan idiota, pensando en él, mientras las lágrimas me llenaban la cara de un agua amarga, mezclándose con la lluvia de turno, buscando desahogarme, pero ahogándome más.

Y así llegué a mi casa. Y no había rastro de él. Hasta hoy no sé nada. Seguramente me odia por algo a lo que ni siquiera yo le encuentro explicación. Seguramente tampoco me felicitará por mi cumpleaños.