Salas de Espera

Las salas de espera son ese punto muerto en el que todo se encuentra: la ansiedad, el dolor, el miedo, la incertidumbre. Sobre todo la maldita incertidumbre. Y, mientras tanto, la vida pasa. La gente pasa, los momentos pasan. Mientras tanto, espero, en una silla, acompañada de unos cuantos desconocidos que también esperan. Me uno a su dolor, a su angustia, a su miedo.

Esperamos juntos, pero estamos solos. Esperamos, mientras fingimos ver el celular. Mientras fingimos que leemos un libro. Mientras nos hacemos los que leemos el periódico. Y nuestra mirada se desliza por las letras, pero nuestro pensamiento se acerca peligrosamente a las no muy remotas posibilidades de que todo salga mal.

Salen enfermeras y médicos con papeles en sus manos, mientras uno como un idiota desvalido espera a que uno de esos sobres sea para uno, que la enfermera abra la boca y trate torpemente de pronunciar el nombre de uno. “Ag… ¡Elizabeth Villa!”, pararse de la silla como si tuviera un resorte en el asiento y salir caminando rápido detrás de ella para entrar a un consultorio y saber, en definitiva, cuál es el diagnóstico.

No me gustan los hospitales. Me parecen tan deprimentes como los cementerios. No me gustan las salas de espera, porque no combinan con mi ansiedad. No me gusta sentir miedo. Y no me gusta estar sola.

 

Los libros no se prestan

Cuando tenía doce años, mi tío llegó a mi casa con una caja llena de libros. Era una colección de veinticuatro clásicos, cada uno de distinto color, pero con el lomo enumerado. Nunca le pregunté de dónde la había sacado, o si ya los había leído todos; lo que hice, en cambio, fue abrazar la caja con cariño y sacarlos uno a uno para ubicarlos en orden en mi biblioteca.

Era evidente que ya habían sido leídos antes, y seguramente llevaban mucho tiempo guardados por el olor y el color de las hojas. Tristemente faltaban algunos ejemplares, pues, al organizarlos numéricamente, había algunos leves saltos entre ejemplar y ejemplar. Del 1 al 3, del 5 al 7, del 16 al 18… Me pregunté muchas veces qué habría pasado con ellos, cuáles eran sus títulos, quién los habría escrito… Hasta que me rendí y lo dejé pasar con los años, sin entender nunca cómo era posible extrañar algo que jamás había tenido.

El libro número 1 era A Sangre Fría, de Truman Capote. Recuerdo que mi papá se alegró mucho al verlo y prometió leerlo rápido, después de terminar El Otoño del Patriarca, que era el libro número 3. Con el pasar de los años mi biblioteca personal fue creciendo mientras yo iba leyendo los libros de esa primera colección que mi tío me había regalado. En décimo una profesora nos puso como tarea elegir un libro para leer en el año, y una amiga me llamó a preguntarme qué libros tenía, esperando encontrar alguno de su gusto para leer en esa clase de español. Durante la llamada le conté sobre ese regalo que mi tío me había hecho unos cuantos años atrás, describiéndole los libros y contándole sobre los que faltaban. Mencioné con efusividad que en la dedicatoria de Platero y yo estaba mi nombre y rió conmigo por la casualidad. Seguro la historia no le pareció tan entretenida, pero en cambio, cuando mencioné A Sangre Fría, me interrumpió y me dijo que llevaba mucho tiempo con ganas de leerlo, que por favor se lo prestara.
 Ella, la única amiga del colegio que hablaba conmigo de libros y devoraba novelas con avidez, se destacaba por ser excelente estudiante, bastante inteligente y dedicada. Todos la admirábamos mucho y para nadie era un secreto que había pocas cosas en las que no era tan buena. Pensé que mi libro no podía estar en mejores manos, y se lo presté.
Al día siguiente lo llevé al colegio, con las hojas amarillentas, el separador que mi papá había utilizado cuando lo leyó y la recomendación que sobraba, que era más un saludo que un voto de confianza: “me lo cuidas”.
Hay cosas que no se prestan: el cepillo de dientes, la clave del banco, la contraseña del correo, la música y los libros. Ésta última la aprendí de mala manera, pues una semana después de haberle prestado A Sangre Fría a mi destacada compañera, el lomo estaba despegado, con hojas sueltas y algunos hilos a la vista. Al ver mi cara de preocupación, me pidió disculpas; pensé que un accidente podría tenerlo cualquiera y lo dejé pasar.
La que sería una tarea para todo el año se convirtió en una tortura lenta para mí: pude ver cómo, con el pasar de los días, el libro que había prestado perdía las hojas, el lomo, la pasta… El momento en el que definitivamente me eché a la pena fue en el que la vi, en un descanso, con un marcador en la mano, resaltando frases -en realidad párrafos enteros- que le habían gustado. Le reclamé con educación haberme rayado el libro, y su respuesta, con una risita infantil fue: “ah, ¿es que no podía?”
Ese día supe varias cosas: que no me regresaría el libro nunca, que el cuidado por lo ajeno no era una de sus virtudes, que mi colección empezaría ahora desde el número 3, y que LOS LIBROS NO SE PRESTAN.

De los amores de la vida

Alguien que quiero mucho me dijo un día: “la vida es una sala de espera. Y, mientras espero, vivo”.

Siempre pensé que tenía razón. Esa frase tan simple me asombró, me abrió los ojos; me dio una perspectiva completamente distinta de las cosas. Luego pensé que tal vez no fue la frase sino quien me la dijo… Que sólo por eso me había marcado tanto. Tiene un poquito de sentido, pero no, no es el sujeto… Es la frase.

Ayer me preguntaron qué sentía por él. Si todavía lo amaba. Si todavía me daban cosquillitas en el estómago cuando lo veía. Si ver la vida avanzar -esa gigantesca sala de espera- no me producía un poquito de vértigo… sería insensato negar que tuve que detenerme a pensarlo. A analizar mi reacción cuando por casualidad me enteraba de las cosas bonitas que pasaban por su vida sin mí…

Él tiene ahora un amor perfecto. Está en una sala de espera que yo quise en algún momento compartir con él. Y lo que vive, por lo que alcanzo a ver, es perfecto, y me hace sentir un poco de nostalgia… Y a veces siento que ésa, a su lado, pude haber sido yo. Podría lamentarlo, pero tampoco es justo, porque, aunque mi sala de espera es a veces apretujada y exhaustiva, así me gusta… así me enseña.

Me preguntaron si todavía lo amo. Qué ridiculez, ¡si jamás dejé de amarlo! Ese amor sigue ahí, pero es un amor completamente transformado, quizás el más sincero y puro que pueda sentir ahora por alguien. Y no espero que nadie lo entienda… total, los sentimientos no están por ahí para meterles razón. Sólo existen para vivirse y ya. Y hoy los siento, sin poder -ni tener por qué- hacer nada al respecto… y así, mi sala de espera está bien y yo puedo continuar. Ya no quiero con él mis amaneceres. Ya no añoro, como antes, pasar el resto de mi vida a su lado. Ahora lo veo y no me duele; lo veo feliz y eso me hace feliz.

Al principio lloré un poco. Y lloré por verlo alejarse, por verlo cumplir con otra todo eso que alguna vez imaginé que cumpliría conmigo. Y me refugié en otros. En un par de relaciones vacías, sin sentido ni significado que, irónicamente, me ayudaron a crecer. Y los dos seguimos. Y allá está él, y aquí estoy yo.

Y sí. Pensé siempre que era el amor de mi vida. A veces aún lo pienso; no he vuelto a amar a nadie con la misma intensidad. Pero aprendí que a los amores de la vida hay que dejarlos partir para que encuentren sus amores de la vida. Y aprendí también que tal vez él no sea el mío… Y que el mío simplemente no ha llegado.

Perseidas

El plan original era ir a ver una lluvia de meteoros. Algo así me dijo… Que quería pegar pa’l monte, que allá era más despejado, sin las luces invasivas de la ciudad, con la posibilidad de ver las estrellas más claramente y de lanzar al cielo un montón de deseos que quería pedir… “Como que recuperes tu platica pronto y te sientas cada día mejorcito de lo que pasó el sábado”, me dijo, confiando en esa “magiecita”, como ella la llama, que suelta el universo, “porque existe, así como me gusta creer que también existen las hadas”, dijo. Según ella, esa “magiecita” puede cumplirle lo que ella quiera, así como cuando mira el reloj casualmente a las 11:11 y me dice eufórica: “¡Mira la hora, mira la hora! ¡Pide un deseo ya!”

Miré el cielo algo nublado y supe que no veríamos ninguna estrella; que no iba a poder pedir ningún deseo y que iba a ser ridículo desplazarnos hasta tan lejos a ver puras nubes, perdiendo tiempo, plata, gasolina, teniendo que madrugar al otro día a estudiar… El universo es así de oportuno y tenía que hacer su lluviecita de meteoros un miércoles, el día más muerto de la semana, en el que casi todo está cerrado y a una hora en la que nada emocionante podría pasar. “Yo no tengo la culpa de que haya caído miércoles”, me dijo con una sonrisita cargada de lástima y esquivó mi mirada con un poquito de culpa.

La recogí tarde, porque fui primero al gimnasio. No pensaba cambiar mis planes por una lluvia de meteoros que ni siquiera estaba seguro de ver. Estaba en el paradero de buses, hablando con un señor que esperaba algo también -seguro algo más trivial que una lluvia de estrellas. Seguro ni sabía que esa noche habría una lluvia de estrellas-, sonriéndole con cortesía y despidiéndose amable mientras abría la puerta de mi carro. “¡Hiciste un amigo nuevo!”, le dije elogiando su capacidad de socializar… Tal vez eso sea en lo único que nos parecemos.

No fui capaz esta vez de descifrar qué estaba pensando. Me había dicho un rato atrás que era una fecha difícil para ella, pero no me atreví a preguntarle por qué. Tenía la mirada perdida pero no dejaba de sonreír -especialmente cuando me miraba-. Hablamos de tantas cosas que supe cada vez más que no la conozco, que es como una cajita de sorpresas, que mucho de eso que me cuenta ni siquiera lo sospecho, y que muchas de esas historias ya me las ha contado antes, pero yo no las recuerdo porque le presto muy poquita atención. Se ríe cuando habla, casi siempre a las carcajadas. Yo le pregunto cómo es posible, y ella simplemente levanta los hombros y cambia de tema sin darle mucha importancia.

Al final nunca me contó por qué la fecha era distinta. Hablamos y nos reímos… Lloró un poquito pero no la abracé. Nos tomamos dos cervezas -la mía sin alcohol porque estaba manejando-, y regresamos a la ciudad. Hacía frío, y tal vez por eso disfruté tan poco. Sin embargo, me gustó el lugar, y ante la duda de saber cómo sería de día, me prometí regresar después… De pronto un domingo, con menos ocupaciones, pero definitivamente no un miércoles: de eso sí estaba seguro.

El cielo siempre fue el mismo; nunca vimos la tal lluvia de meteoros -llegué a pensar un par de veces que se la había inventado- y lamenté un poquito haber cambiado mi cama y mis cobijas por ese frío envigadeño y la vista de un cielo que habría visto igualito desde la esquina de mi casa.

En el viaje de regreso no quiso contarme qué estaba pensando, aunque se lo pregunté muchas veces. Sólo supo decirme que tenía que ver conmigo. Tal vez no quiso contármelo porque era un deseo insatisfecho, de esos a los que ya la tengo un poquito acostumbrada. Comprobé que así era cuando nos despedimos, y, al abrir la puerta de su casa, regresó corriendo al carro a abrazarme duro, como respondiendo a algún impulso de esos que le dan a veces, metiendo la cabeza por mi ventana, con un suspiro casi imperceptible que se le escapó cerquita a mi oreja y que sentí como una manifestación de impotencia. “Tengo rabia”, me dijo. “¿Por qué? ¿porque no vimos la lluvia de estrellas?”, “Ehmmm… Sí.”

Incapacidad

Es muy extraño ver cómo la fragilidad aumenta al crecer, cuando parece ser al contrario. En el carácter hay más cosas que nos duelen y que nos golpean más duro… Y en el cuerpo, por ejemplo, una simple caída provoca la sensación de haber comprometido alguna extremidad atrofiándola, evitando que funcione con la misma agilidad y destreza de antes.

Todo esto para decir que ayer me caí: mi pie se enredó aparatosamente con el pantalón y terminé dando una vuelta en el aire y cayendo al piso, ante la mirada de tres hombres que se quedaron viéndome fijamente mientras yo, avergonzada, me sacudía el polvo y me ponía de pie otra vez.

No me quedó de otra que sonreír con un poco de rabia, porque de verdad me habría venido bien que alguien me hubiera dado la mano… Y seguir mi camino, con las palmas de las manos raspadas, el pelo más desorganizado que de costumbre y un dolor en el dedo gordo del pie que se hacía más intenso con cada paso que daba.

Terminé mi jornada laboral, siempre con la imagen de la clínica en la cabeza, contando los minutos para hacerme revisar en una sala de urgencias. Caminaba coja, como si me faltara el pie izquierdo -¡y qué falta me hacía!-… En la pantalla de mi celular, nuestra última conversación, que más bien parecía un mal monólogo mío. Día: miércoles. Hora: 9:19 am.

En la sala de urgencias me entregaron un ficho -todo en este país se reclama con fichos- con mi nombre, mi edad y mi número de cédula. Día: viernes. Hora: 7:20 pm. Desde nuestra última conversación, hasta el día de ayer, había pasado de todo: un montón de trabajo y pendientes en mi vida, un dolor de cabeza insoportable, la inevitable sensación de extrañarte y una posible fractura de falanges. Bueno… Eso había pasado en mi vida, porque de la tuya no tenía ni idea. Atrás quedaron los días en los que contaba las horas que llevábamos sin besarnos -porque así de cursi puedo ser a veces-; ahora contaba tres días y una hora sin hablar contigo.

Noté al ver llena la sala de urgencias que mi noche sería larga. Sin embargo, comparando a los demás conmigo, vi que había gente con peor aspecto; yo, por lo menos, en medio de mi dolor podía caminar -aunque a medias- y conservaba intactos, tal vez un poco más agudos, mis cinco sentidos.

¿Te digo la verdad? Me habría gustado que no hubieras desaparecido. Me moría por hablarte otra vez y preguntarte cómo habías estado, preocupada al principio y cuestionándome después qué hice mal, qué te molestó, qué pasó… Pensé que simplemente no querías hablar conmigo, y lo respeté, aunque me muriera por saber de ti y de tus cosas… Me habría gustado estar contigo en esa sala de urgencias… Porque nunca en mi vida me había sentido tan sola y porque, mira tú, me gusta mucho tu compañía.

Me hicieron una radiografía. Hoy la leo aliviada porque se descarta fractura de falanges. Se siente, sin embargo, una herida leve en el corazón.

Spoiler Alert

¿Quieres saber cómo termina? Termina con una niña llorando. Termina con un corazón roto porque no la quisieron tanto como ella quiso; porque en la película fue una actriz secundaria que siempre estuvo detrás de los protagonistas. Pensando, queriendo, deseando, fantaseando.
Así termina.

Correspondencia de Marzo

El cielo se puso gris y de repente me dieron ganas de abrazarte. Tan fuerte, tan fuerte, que desapareciera el mundo… Tan fuerte, tan fuerte, que sólo estuviéramos nosotros.

Me puse a pensar en los domingos, cuando íbamos juntos a comprar el periódico y nos quedábamos por la tarde leyéndolo juntos. A mí no me importaba ni cinco lo que pasara con Pastrana; para mí era más importante saber qué estaban haciendo Calvin y Hobbes.

Había domingos con el cielo gris, como el de hoy. Esos eran mis preferidos. Aunque me gustaban los soleados, con posibilidades de paseo en bicicleta, los grises en especial me llenaban más porque no tenía que compartirte con nadie. El teléfono no sonaba, a nadie se le ocurría prender el televisor y al fondo sólo se escuchaba el silencio o algún tango de Gardel, interrumpido a ratos por algún resoplo de inconformidad (¿qué habría hecho Pastrana esta vez?) o alguna carcajada casi silenciosa.

Nunca te lo dije, pero el domingo era mi día favorito de la semana por esa complicidad que compartíamos. Mis domingos hoy son algo insípidos. Ya no huelen a periódico -aunque a veces Gardel suena de fondo-. De vez en cuando leo las noticias, en las que ya no sale Pastrana. Me pregunto entonces cómo serían las cosas hoy… Si leerías el periódico conmigo, si resoplarías por culpa de Santos o si te reirías de Uribe. Me pregunto si saldrías conmigo en bici. Si te enojarías porque ya no voy a misa… Si tendríamos las mismas conversaciones que teníamos antes.

Hoy quiero abrazarte como todos los días. Las ganas hoy son más fuertes, tal vez porque el día está gris y me trae muchos recuerdos. O porque tengo mucho miedo. O simplemente porque es una necesidad física que no puedo explicar. Extraño que me beses la frente y me digas que todo va a estar bien, que me cuentes esos chistes malos que tanto me hacían reír, que te tomes un tinto conmigo mientras me cuentas por qué te gustó tanto La Náusea o por qué debería leer La Casa de las Dos Palmas.

Tal vez la nostalgia crece porque es marzo. Porque es el mes de nuestro cumpleaños, y será un año más en el que no te abrace. Porque no tengo la manera de saber en dónde estás, ni puedo preguntarle a nadie si estás bien. Me conformo por ahora con la idea de hacerte sentir orgulloso, de mantenerte vivo en mis pensamientos, de aferrarme a la idea de algún día, si soy buena, encontrarnos en algún lugar. Hoy abrazo tu recuerdo mientras llega el día de abrazarte.

¿Sabes algo, papi? Muchas cosas han cambiado… Pero los domingos… Los domingos siguen siendo nuestros.