Quiero dejar de sentir miedo.

Confieso que tengo miedo. Siempre leo en todas partes que atracaron a alguien. Todos los portales de noticias que sigo en mis redes sociales, hablan siempre de lo mismo. Y eso que hace mucho tiempo dejé de ver noticieros…

Amo mi ciudad. Me gusta mucho caminarla; recorrerla de norte a sur. Me gusta que mi lugar de trabajo y de estudio no queden tan cerca de mi casa, porque así puedo caminar todos los días y hacer uso de una ruta de bus que realmente disfruto. El centro siempre me ha parecido mágico; lleno de historias… Incluso, hace algún tiempo, me parecía un lugar seguro.

Ahora leo en todas partes -Facebook, principalmente- que le robaron el celular a alguien, que le arrancaron la billetera a otro, que amenazaron a nosequiencito con un puñal… En fin; no quiero entrar en detalles que todos conocen y que, además, me dan escalofríos.

Una vez me atracaron. Me robaron el celular. El susto fue grande, pero la peor parte se la llevó una amiga, que me lo había pedido prestado para llamar a su mamá. Fue ella quien sintió el puñal cerquita de su piel. Fue ella quien tuvo que entregarlo, porque era eso, o la chuzaban. Y recuerdo que lloré de la rabia. Pudo ser un poquito la niñita materialista que llevo dentro; pero era más la rabia, la impotencia; saber que por culpa de un par de delincuentes me quedé mucho tiempo sin teléfono mientras ellos lo disfrutaban, lo vendían, lo empeñaban… Yo qué voy a saber. Más rabia me dio entonces cuando llegamos a un CAI de policía cercano a contar lo que nos había pasado con la esperanza -pobres ilusas- de que el ilustre señor agente -o bachitonto, vaya uno a saber- saliera a buscar al par de aprovechados que se habían llevado el celular… Y entonces nos respondieron algo como “tienen que ir a tal parte a poner el denuncio… Pero ya toca mañana; hoy está muy tarde”. Ahí me eché a la pena. Bye, bye, celu.

Me costó mucho tiempo salir a la calle tranquila. Vivía asustada; cruzaba las calles con miedo, desconfiaba de todo el mundo. Prefería quedarme en la casa a exponerme a que me robaran alguna otra cosa. Finalmente, recuperé la confianza, y salí tranquila otra vez. La tranquilidad se debía en gran parte a que realmente no tenía nada de valor que pudieran robarme; que, si alguien me paraba en la calle para pedirme mis cosas, lo mucho que conseguirían de mí serían libros, o mi discman. Sí; yo sé; todo el mundo andaba para arriba y para abajo con mp3, mp4, iPod… Y yo era feliz con un discman. Y es que… ¿Quién iba a querer encartarse con un discman? Y entonces me contaron… “Es que a fulanito lo iban a atracar en tal parte, y como no tenía plata ni nada de valor, el atracador lo chuzó de pura rabia”. Ya… Estaba jodida. La intranquilidad volvió.

Las noticias -en ese tiempo aún veía noticieros- estaban llenas de los mismos testimonios: que lo atracaron en la esquina, que lo chuzaron por robarle el celular, que le pidieron toda la plata, que un combo de atracadores se montó a un bus y les robó todo a los pasajeros… “Me va a tocar entonces trabajar muy duro y comprarme un carro en el futuro”, pensaba con ironía. Y entonces las noticias continuaron: ya habían personas atracando a quienes se movilizaban en carro particular y eran tan de malas de coincidir con sus ladrones en un semáforo en rojo. ¡Por Dios! Pero, ¿qué es esto? “Será empezar a andar en bicicleta”; pensé después. Y que no, que a fulanita la tumbaron de la bici para robársela.

Mi miedo crecía, pero era más la rabia y la impotencia. Ahí fue cuando empecé a dejar de ver noticieros, porque si los seguía viendo, me iban a tener que internar en algún lado por puro delirio de persecución. Y al final lo que me perseguían eran esas historias, porque ya no eran tan lejanas… Ya empezaban a sucederle a mis amigos, a mis conocidos. Ya empezaba a ver estados en mi Facebook contando que les habían robado. O que al tío le robaron. O que al conocido de la mamá del mejor amigo le robaron.

Esas noticias empezaron a sacar lo peor de mí. Me sorprende haber llegado al punto en el que me alegro cuando cogen a los ladrones, cuando los cascan. Hace poco, leyendo una noticia en la que un fletero murió, presuntamente asesinado por quien iba a ser su víctima, mis oídos se sorprendieron al oírme decir “Qué bueno que mataron a esa rata”. Y no me la creo. Me parece increíble haber llegado hasta este punto, en el que la muerte de otro ser humano me haya producido cierto regocijo. Y entonces lo hablé con una amiga, y ella dijo que, aunque no está de acuerdo con que hayan ladrones sueltos, para ella la vida es más importante y trata de ser comprensiva con el ladrón, porque nadie sabe lo de nadie y no nos consta por qué clase de situaciones esté pasando para llegar al extremo de robarle a alguien e intimidarlo con un arma que seguramente no dudará en utilizar con tal de conseguir ese objetivo material del que está detrás. Yo no pienso como ella. No justifico en ningún nivel que un ladrón decida tomar las cosas de alguien, por más necesidad que tenga. Reconozco que está mal sentirse bien porque otro ser humano muere; y reconozco que es la misma situación la que me ha cambiado. Es posible que, unos años atrás, se me hiciera más fácil de entender que alguien tenga motivos válidos para robarle a otro. Pero ya no. Sencillamente no me cabe en la cabeza. Afortunadamente nunca he tenido una situación de pobreza extrema en mi casa; sin embargo, jamás se me pasaría por la cabeza hacerle daño a otro, solamente porque tengo hambre y vender su celular podría comprarme un desayuno. Se me hace antinatural; imposible. Creo que siempre hay muchísimas más alternativas distintas a esa para salir de un problema… Y, aunque me digan insensible o inconsciente -seguramente esa amiga que les mencioné lo pensará-, me parece el colmo matarme trabajando para conseguir mis cosas, para que llegue otro de la nada, con un arma en la mano y me lo quite así como así. Y, repito: por más necesidad que tenga en mi vida, no contemplo la posibilidad de agredir a otro para salir de mis problemas o comprar un mercado en mi casa. Así me educaron, y espero que la lengua jamás me castigue en ese sentido.

Hace un par de años la situación era similar -aunque, poniéndolo en perspectiva, creo que ahora está peor- y puse un estado en mi perfil de Facebook en el que contaba, muy triste, que estaba cansada y quería ser parte de la solución. Los comentarios que recibí allí fueron más o menos lo que esperaba: que estaban de acuerdo conmigo, que qué indignación tan brava, que sí era muy triste, y que lo mejor era irse del país. ¡Yo no quiero irme del país! Como lo dije allí, QUIERO HACER PARTE DE LA SOLUCIÓN -aunque me siento bastante desorientada; ¿cómo solucionarlo?-. Lo más sorprendente de mi estado fue que, el único comentario sensato y alentador vino de uno de mis amigos. Él, extranjero -inglés, para más detalles-, decía que muchos otros como él dejaban sus países desarrollados para venir aquí porque es muy bueno; que, por cada razón para devolverse a su país de origen, tenía tres o más para quedarse aquí… Y que, así como le han robado aquí, le han robado allá. 

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Siento temor cuando debo salir de mi casa con mi computador en el bolso; ya no contesto llamadas cuando estoy en la calle -lo cual me parece bastante ridículo; ¿pa’ qué son los celulares, pues?-, me aferro a mi bolso con fuerza y le miro las manos a todo el mundo, con el miedo recurrente de encontrarle con la mirada algún objeto cortopunzante… Camino mirando “rayado” -no puedo garantizar que me salga bien el papel-, y me volví mala gente: si alguien me pregunta la hora, si alguien me pide ayuda, si alguien quiere saber alguna dirección, ignoro a ese alguien y sigo con mi vida, por el simple MIEDO de que ese alguien utilice esa pregunta como técnica de distracción para hacerme algo -sí, también hay montones de historias con ese tipo de trama-. ¿Es entonces la solución salir sin nada a la calle? ¡Pero si mucha gente se ha ganado sus chuzones por no tener tampoco nada qué entregar!

Llámenme materialista, si quieren; en realidad no me importa. Simplemente, como dije unos renglones más arriba, me parece injusto, abusivo, inconcebible trabajar largas jornadas para poder pagarme mis cosas, y que llegue alguien de la nada a quitármelas… Es todo.

Me choca también que, en los casos “exitosos” en los que atrapan al ladrón, éste salga unas cuantas horitas después por falta de pruebas, o por hacinamiento en cárceles, o porque sea menor de edad… Porque esa es otra cosita que tampoco entiendo… Si se supone que robar no es un jueguito de niños, ¿por qué los tienen qué juzgar como menores? Qué pena; si hace “cosas de grandes”, ¡que lo juzguen como adulto! Y eso sí, que el queridísimo gobierno -o a quien corresponda- se encargue de solucionar las cosas para que quien cometa el delito lo pague; que no se ganen ellos la tranquilidad de “robo porque si me cogen me sueltan de una”, y nosotros, los ciudadanos, la intranquilidad de “yo denuncio, pero importa un carajo, porque igual van a salir”…

Vuelvo entonces al tema de la solución. La solución, la solución. No estoy de acuerdo con eso de tomar la justicia por las manos, pero comprendo a quienes lo hacen, en vista del poco apoyo que hay por parte de la policía. Sí, es verdad que es bastante complicado coger a alguien en flagrancia, pero también es cierto que muchas veces pecan por negligentes, cuando gracias a la tecnología una víctima de atraco intercepta su celular satelitalmente, con el lugar preciso en el que está, y el ilustre señor agente no hace nada, porque simplemente “no está en mi cuadrante”. ¡Que miren ahí con qué otra excusa argumentan su perecita!

Tampoco quiero convertirme en esas personas fastidiosas que le echan toda la culpa al alcalde y que se escudan detrás de un teclado y una pantalla con ese estribillo de cajón que sacan ante cualquier situación: “¡Ahí tiene su Medellín innovadora, señor alcalde!” No, qué pereza; ¡de esos ya hay muchos! Sigo creyendo -díganme ilusa, si quieren- que es posible recuperar la tranquilidad.

Quiero volver a caminar tranquila por mi ciudad; no quiero volver a saber que alguien a quien quiero le hicieron daño por quitarle algo; ¿qué hacemos pues? ¿qué proponemos? ¿cómo nos movemos? Yo sé que suena mucho a cuento infantil, pero sueño una ciudad en la que todos nos toleremos y vivamos sin necesidad de agredir o irrespetar al otro… Quiero dejar de sentir miedo.

@Adictalcafeh

Un Cuartico de Pensamiento

La gente pregunta por qué soy así. Por qué me afectan tanto las cosas, por qué soy tan jodidamente sensible, por qué me demoro tanto en hacer mis duelos. Lo preguntan como si lo disfrutara; como si llorar fuera muy rico y eso de recordar, lamentar y maldecir fuera súper divertido y encantador.

No sé qué responder. No sé por qué tardo tanto en cicatrizar. No sé por qué tardo tanto haciendo un duelo. Y, de verdad, si lo supiera, lo cambiaría y no estaría escribiendo esta pendejada. Llevo AÑOS buscando la respuesta a esa pregunta. Para que no duela, para que no moleste; para que sean siempre nada más que lindos recuerdos; para que no traigan lágrimas. Llevo años buscando ese camino, y en esa búsqueda he encontrado que la mejor solución -aunque la más cobarde- es no sentir. Cerrar las puertas con llave; no dejar entrar a nadie. Porque es muy rico hospedar gente en el corazón, sonreír y disfrutar de su estadía, pero duele mucho cuando lo saquean todo y se van; y luego uno se queda preguntándose por qué, si era tan buen huésped. Por qué, si había sido tan buen invitado. Por qué, si rogó tanto pa’ que lo dejara entrar.

Mi corazón es una casita; no un hotel. Si usted piensa venir de paseo, tenga la amabilidad de no tocar la puerta siquiera. Porque, si no soporto las despedidas, mucho menos voy a soportar un abandono.

Enséñeme a que no duela.

La Moto Amarilla

Vi la escena desde el bus. Era una esquina, y dos personas se bajaban de una moto amarilla. Se tomaron de las manos y se abrazaron. Cuando el semáforo cambió, ellos aún no se habían soltado. 

Recordé tu moto amarilla. Recordé esa conversación, cuando llegaste a mi casa y me abrazaste. Hacía frío. Tenías puesto tu impermeable y yo sonreía, nerviosa, como cada vez que nos veíamos. Era como si las mariposas en mi cuerpo lo supieran, porque se alborotaban, se enloquecían, hacían fiesta y revoloteaban con fuerza entre mis costillas. Entraste tu moto amarilla y la guardaste en la sala de esa que era mi casa y de la que supongo que algún día no fue más que un garaje. Y me besaste despacio, haciendo valer cada día de espera de esa semana sin vernos que se me había hecho tan eterna. Recordé tus manos rodeando mi cintura. Recordé que te pregunté si tenías hambre, mientras te sentabas en una esquina de mi cama y me preguntabas tímido si podías quitarte los zapatos. 

Pasaban carros cerca al bus en el que yo iba como pasajera. El tráfico no estaba lento, y las personas que iban de pie se balanceaban de un lado a otro a un ritmo impuesto por el conductor. De mis audífonos salía una canción de Coldplay que me taladraba de buena forma los oídos: la misma canción que sonó cuando me besaste la primera vez. Tú no la recuerdas… De todos modos, no es relevante. Mi memoria tiende a almacenar datos tan innecesarios como ese y a recordármelos después montada en un bus de camino a casa. Chris Martin me recordó con su voz esa primera vez que salimos… Esa vez, en un carro que no era tu moto amarilla.

Cerré los ojos. No faltaba mucho para llegar a mi destino. Y entonces, como una ráfaga inoportuna, empecé a recordar también nuestra primera vez, cuando yo tenía tantas ganas pero tanto susto de ‘entregarme’ a ti. Es una expresión tan fea, pero tan literal… Porque cuando estoy con alguien no soy capaz de darme por partes. Tengo que entregarme toda, porque es esa mi maldita naturaleza. Y esa noche te decía que no, pero mi cuerpo te decía que sí. Habías venido desde tan lejos, con tu impermeable, en tu moto amarilla; y yo estaba tan ansiosa, tan nerviosa, tan sedienta de ti… Mi poca voluntad se mezcló fatalmente con tu perseverancia… Y al final ambos tuvimos lo que queríamos. Recordé, sentada en ese bus, cómo tus dedos me recorrieron. Recordé tus dientes, mordiendo mis labios. Pensé en tu pecho sobre el mío, y puedo jurar que casi -casi- sentí tu calor de verdad. Recordé tu lengua caliente, tu mano curiosa metiéndose entre mis piernas. Mi afán por sentirte más cerca y memorizar tu olor… Y cerré los ojos duro, y me agarré con fuerza al asiento de adelante sintiendo un temblor en las piernas y ese calor que subía y bajaba por todo el cuerpo…

Fue inevitable. El mundo desapareció por completo y tuve el control por un rato de mi máquina del tiempo. Había vuelto a ese frío noviembre, a tu espalda y a tu sexo; volví a tu abdómen, a tus piernas, a tus dedos, a tus labios… Volví al momento en el que fuimos uno, cuando tu lengua me recorría entera. Volví al momento en el que te saboreaba; volví al momento en el que te agarraba. Por unos minutos mi realidad fue otra. El bus desapareció, los demás pasajeros desaparecieron. Ahí era noviembre y yo estaba sola contigo. Fue palparte sin tocarte; verte con los ojos cerrados. Morderme los labios para no gritar… Sostener con más fuerza el asiento de adelante, y luego perderme, sedarme, no saber nada de mí… 

Volver al presente fue difícil. Abrir los ojos despacio y acostumbrarlos a la luz. Ponerme de pie, caminar hacia la puerta y bajarme  del bus. Sentir que me miraban, y fingir no darme cuenta. Pudo ser paranoia, de todos modos, pero, para mí, fue como haberlo hecho en público, esta vez en un bus repleto de gente. Mira tú… Ya puedes tachar eso de la lista. 

Ya no estamos en noviembre, aunque es bueno ir de vez en cuando. Así como fui hoy, como he ido antes, y como seguramente vuelva alguna otra vez. Hoy viajaste conmigo en bus. Y, aunque no fue tan malo -de hecho normalmente es incluso divertido-, debo confesar que extraño montar en tu moto amarilla. 

“Nos debemos un café”.

Eso escribí, tentando al demonio, al destino, a mis instintos, a mi carne… Con la idea en la cabeza de que nos debíamos más que un café. ENVIAR. Y el mensaje viajó, y, en cuestión de segundos, llegó a su celular. 

 
No iba a contestar… Seguro estaba lo suficientemente ocupado trabajando en alguno de sus proyectos nuevos… Y en la categoría “proyectos nuevos” realmente cabe cualquier cosa.
 
Me concentré en lo mío y miré al frente. Una insípida pantalla, papeles, mensajes por responder. El único mensaje que quería enviar ya había llegado a su destino. ¿Qué quedaba? Esperar, será. O trabajar. Pero yo no quería trabajar.
 
Entonces mi celular vibró: “Estoy en Provenza… ¿Te queda fácil pegarte la voladita?”
 
Ay… Definitivamente no era buena idea. Nunca debí enviar ese mensaje. Tal vez lo hice porque, en el fondo, esperaba que jamás contestara; que ignorara lo que le escribí, que, con suerte, estuviera fuera del país y no lo recibiera… Pero ya no había vuelta atrás, y todavía no existen las máquinas del tiempo… Y, siendo bastante sincera, si pudiera deshacer lo hecho, con mayor razón me habría tirado de cabezas.
 
Me maquillé despacio. Recordé, mientras lo hacía, esa época en la que estábamos juntos. Las salidas a montar en bicicleta, las mañanas compartidas en Ciudad del Río, las comidas en el Carlos E, las malteadas de chocolate en Pecositas. Y pensé que, en ninguna de esas veces, me había puesto maquillaje y que en todas me había dicho que estaba hermosa. 
 
Apagué el computador y salí despacio. Nos separaban dos cuadras que caminé con ansiedad y expectativa. Sabía un poco lo que iba a pasar: nos daríamos un abrazo largo, sonreiríamos en silencio, nos miraríamos a los ojos. Yo pediría un ópera (“¿No prefieres una cerveza?”) y él pediría un jugo en agua. Estaríamos el uno frente al otro y nos miraríamos a los ojos durante un rato largo… Y luego, cuando consideráramos prudente, uno de los dos rompería ese silencio -que no fue incómodo, porque nuestros silencios nunca fueron incómodos- con cualquier pregunta trivial y sin formalidades.
 
Subí las escalas del café y me preparé para buscarlo entre las mesas. No fue muy dificil encontrarlo: el sitio estaba bastante vacío y él estaba en la mesa de siempre, de pie… Con la camiseta que yo le había regalado en uno de sus cumpleaños. Sonreía con todos sus dientes. Entonces pasó lo que me temía: me derretí.
 
Hablamos de todo: de la universidad, del trabajo, de mi gatito, de la independencia, del clima, de música, de amigos que tenemos en común, de comida, de mi cumpleaños, del tiempo que llevábamos sin vernos, del último concierto que compartimos y de la última vez que habíamos entrado juntos a ese café… Entonces, como en una revelación, ambos recordamos que fue triste, y, para no amargarnos el rato, cambiamos de tema y seguimos sonriendo.
 
Evitábamos el tema principal. Yo quería hablarlo, pero tenía mucho miedo. Era una línea delgada entre seguir la vida tranquila como estaba, o alborotarlo todo y revivir cosas que yo imaginaba inertes. Quise decirle que me alegraba verlo, que estaba muy lindo. Quise preguntarle por sus papás. Quise preguntarle por Ella. 
 
Desde que todo entre nosotros había terminado, nunca habíamos tocado el tema. Yo siempre supe que ahí no tenía nada qué hacer; no sé si eran perfectos el uno para el otro; lo que sí sé es que, la primera vez que los vi juntos, vi en Ella un amor tan puro que se eliminaron por completo mis ganas de luchar por él, mis esperanzas de estar nuevamente con él. Tan puro, que me hizo sentir que, si buscaba la forma de volver, estaría acabando con su oportunidad de ser amado como nunca lo había amado nadie. Ni siquiera yo. 
 
Quise decirle que me hacía feliz verlo feliz, que a veces lo extrañaba, pero que ya no era como antes. Quise contarle que la última vez que nos vimos, en ese concierto de Robi Draco Rosa, lo abracé y no sentí nada. Pero no se lo dije porque todavía tenía algo que yo quería, y, bajarle el ego en ese momento, habría sido como botar a la basura mi tiquete a una pequeña gloria.
 
Él también me miraba con cara de pregunta. Se moría por saber si alguien más había probado mis desayunos, si alguien más pasaba la noche conmigo y se quedaba a mi lado para ver el amanecer. No se atrevía, quizás por lo mismo, pero me clavaba los ojos con fuerza; me examinaba, me comparaba -quizás- con la imagen que tenía de mí; con la de antes. 
 
“Estás hermosa”, dijo. Seguro me sonrojé, porque lo interpretó de la misma forma que lo interpretaba antes, con esa sonrisita de medio lado que dejaba ver satisfacción. Yo sabía lo que pasaría a continuación. ¿Cómo no saberlo, si yo misma lo provoqué? Sonreí de vuelta, agradeciendo el piropo, sin responder nada, pero pensando en lo bien que se le veía esa camiseta; era como si el tiempo no hubiera pasado. Entonces, pidió la cuenta, dejó un par de billetes sobre la mesa, me miró a los ojos y preguntó: “¿Vamos?”

Lunes

Rendirse, entregarse, lamentarse, retractarse… Perderse, desvanecerse, desaparecer poquito a poco. 

 

Recordarlo todo con cuidado, rebobinarlo, guardarlo en un rincón de la memoria -uno de fácil acceso-. Pensar que fue bueno y por fin encontrarse.

 

Agradecer. Sonreír.

 

¿Y ahora?

 

… Dejar que el tiempo pase.  

Al mejor estilo de ‘Sunday Morning’

Tengo una imagen recurrente: me levanto sin que lo notes, dejándote en mi cama, soñando cualquier cosa bonita mientras el sol entra por la ventana.

Camino hacia la cocina. Despacio, porque no quiero despertarte; porque quiero que sigas soñando con esa cosa bonita que te mantiene inmerso, con los ojos cerrados. Despacio, porque así el momento me dura más; porque te ves lindo dormido y yo disfruto el compás de tu respiración; porque te ves vulnerable y porque me dan ganas de volverme a meter debajo de esas cobijas para que me rodees con ese abrazo perfecto con el que quiero despertar siempre.

Y empiezo a preparar el desayuno. Pasito, para no despertarte; y con tanto amor como me sea posible, como si así lograra que me quedara más rico; como si de esa forma, como por arte de magia, fueras a quererme más después. Estrello los huevos con cuidado, y las yemas caen perfectas. Es una lástima, porque la cucharita de palo va a dañar esa perfección. Revuelvo con suavidad, cuidando no hacer mucho ruido. Te imagino, y me gusta. Te imagino, y me gustas.

Es inútil guardar tanto cuidado porque terminas despertándote de todos modos. Me sorprendes abrazándome por la espalda, con ese “buenos días” que te suena tan bonito; los ojitos sin abrirse del todo y un “¿te ayudo?” al oído que rechazo obstinada, porque será ese tu desayuno y mío el deseo de que lo disfrutes. Que unos simples huevos revueltos sean el comienzo de un día maravilloso.

Me sonríes y me dices que te gustó. Me agradeces con un beso, nos bañamos juntos y así empieza nuestro domingo… Como te dije, es una imagen que se repite bastante… Y en mi cabeza es perfecta, si quieres que te diga la verdad. Lo que pase después lo dejo a tu imaginación; digamos que sería un buen inicio para una historia… ¿No?

Ah, pero, qué bobita yo, imaginándome todo eso… Entre todo lo que hemos hablado, y ni siquiera me has contado si te gusta comer huevo al desayuno.

😉

Estoy escuchando ‘How do you do it?‘ de The Quiet Company 🙂

La loca de los gatos

Siempre dije que prefería los perritos. Mis primitas tienen un perrito, en la finca de mis tíos había un perrito, en mi colegio había una perrita que se murió y que reemplazaron luego por un perrito. Siempre me ha gustado visitar a mis amigos que tienen perritos, y, en la calle, cuando veo alguno, me detengo a saludarlo, acariciarlo y mimarlo un poquito.

De los gatos tuve siempre la idea de que eran unos creídos, que no se dejaban consentir, que eran completamente opuestos a los perros; que, si los llamaba, seguramente jamás iban a venir a mí; que debía ser paciente e ignorarlos, y que ellos, cuando quisieran, se acercarían. (Como los hombres, ¡jajaja! -chiste malo-.)

Cuando era pequeña, fastidiaba a mis papás todo el tiempo pidiéndoles un perrito. Ellos me decían que no, porque la casa era muy pequeña. Y tenían toda la razón; y era algo que me ponía muy triste. Veía también una contrariedad: mucha gente de mi urbanización tenía perritos; era muy común ver a niños de mi edad sacándolos a pasear. Y entonces me sentía mal y no entendía por qué a ellos los papás les habían dicho que sí cuando quisieron una mascota, y a mí no.

Hoy tengo veintitrés años y vivo sola. Muchas cosas han cambiado: ya no tengo que pedirle permiso a nadie para salir, para comprar esto o lo otro; no tengo un roomate a quién consultar para mover un mueble o hacer equis o ye cambio en el apartamento. Y, aunque todo esto suena maravilloso, hay también cosas que no son tan buenas: administrar la plata es un poquito más difícil, hay que pensar primero en las necesidades que en los deseos y uno se convierte un poquito en esclavo de las fechas límites de pago, porque el nuevo Coco se llama Datacrédito. (Al menos en mi caso).

El otro aspecto con el que hay que lidiar -menos grave que los anteriores-, es la soledad. Sí, está claro que era eso lo que buscaba desde el principio, cuando me vine a vivir sola. El típico -y cierto- discursito de “quiero tener mi propio espacio”… Sin embargo, hay días en los que uno simplemente no quiere estar solo… A mí me llegaron esos días, y tomé la decisión de, efectivamente, tener un animalito en mi casa.

Quería adoptar un perrito. Me despedí de mi idea de tener mascota cuando recordé lo dependientes que son; que no pueden estar solitos mucho tiempo, que hay que sacarlos a pasear varias veces al día, que hay que limpiarles los desechos… Y no es algo que me moleste en absoluto; de hecho, cuando me imaginaba con un perrito, llegué a visualizarme bastante bien con todas esas labores… Lo que realmente me dolió fue saber que mi perrito sí iba a estar solito y que se iba a poner triste… Y, aunque nunca he tenido un perrito en mi casa y no puedo hablar con tanta propiedad, para mí fueron razones de peso para desistir de la idea.

Entonces salieron a la luz quienes quisieron convencerme de tener un gatito: que son independientes, que son muy aseados, que no necesitan que los saquen a pasear y que incluso administran su propia comida. Y yo era reacia, decía que no, que yo quería un perrito; que era un perrito o nada. En el fondo, mi mayor miedo era que el gatito no me quisiera… Porque claro, tenía la idea de que son creídos y arrogantes y pensaba que iba a ignorarme todo el tiempo.

Varios amigos y una prima trataban de convencerme de que adoptara. Me decían que iba a cambiarme la vida, que las cosas no eran como yo las imaginaba. Que los gatitos son cariñosos y no creídos; que sería una linda compañía para mi vida. Yo sacaba excusas: que no tenía plata, que yo quería un perrito, que no era el momento… Hasta que me convencieron… “Hágale pues; ¿dónde adopto?”… Fue así como terminé comprando la arena, la caja, el collar, y cuido para un mes. Lo demás lo compraría cuando tuviera al gatito conmigo.

Entonces llegó Pancho a mi vida. Un gatito de cuatro meses del que me enamoré perdidamente -jejeje-. “Él te escogerá”, me dijeron Sara y Luisa. Y, por más mañé y novelero -o místico- que suene, así fue. Nos caímos bien; ronroneó en mi pecho cuando lo cargué. Le cortaron las uñas, me dieron indicaciones, lo metí en un guacal prestado y llegamos a mi casa.

No tardó mucho en ponerse a jugar. “Es una papeleta”; me habían dicho en el sitio en el que lo adopté. Y no se equivocaron… A pesar del montón de juguetes que tiene, su mayor entretenimiento consiste en bolsas o paquetes de galletas vacíos. Estudiar es toda una experiencia: le encanta acostarse encima del teclado, y a veces, cuando estoy chateando, simplemente decide caminar por ahí, enviándole mensajes raros a mis contactos con puros caracteres al azar. Barrer es difícil, porque se aferra a la escoba; tender la cama es un desafío… Y ni hablar de amarrarme los zapatos.

Soy una fastidiosa: le tomo fotos por todo. Confieso que le hablo mimado, le digo que es el bebé de la casa y lo trato como tal. Me gusta acostarme boca abajo y que llegue de la nada y se acomode encima de mi nalga; que no me deje caminar por perseguirme a donde voy, y llegar a la casa, abrir la puerta, y que me salude con sus maullidos dulces que aún no diferencio del todo.

Confieso que casi me pongo a llorar la primera vez que lo dejé solito y que el día de la alborada me sentí impotente de lo asustadito que estaba… Y que, todos los días, cuando salgo de mi casa, no veo la hora de regresar para jugar con él y mimarlo mucho.

Sin darme cuenta, le dí “like” en Facebook a un montón de páginas de gatitos, y, en Twitter, le he dedicado ya a Pancho muchos caracteres. Cuando mis amigos ven cosas de gatos en internet, inmediatamente me las hacen llegar, y yo sonrío como boba, porque ahora muchas de esas cosas las vivo con mi gatito.

Tengo claro que no quiero otro; que con Pancho me basta… Pero lamento un montón esas ideas preconcebidas que tenía; son animalitos maravillosos… Es increíble la velocidad con la que Pancho se hizo querer; y más increíble aún todo lo que tardé en tomar la decisión de adoptarlo.

Puede que no sea ‘la loca de los gatos’… Pero, si algo es seguro, es que soy la loca de mi gatito.

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